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El 7 de enero de 2015 el discutido escritor francés Michel Houellebecq publicó Sumisión, una novela ambientada en la Francia de 2022 en la que un carismático líder de un partido político ficticio gana las elecciones, para hacer del país una república musulmana y convertirla en el eje de una nueva Europa islámica. El tema no era nuevo, pero alimentó el temor de que su profecía pudiera hacerse realidad.

Una simple ojeada a los titulares de algunos periódicos nos permite comprobar el alcance de ese miedo. Frases como “Europa será musulmana en tres décadas si nadie lo para”, o “A Europa no le faltan muchas generaciones para convertirse en un continente con un porcentaje muy alto de población musulmana, quizás hasta llegar al 51%”. Un predominio que lograría gracias a la inmigración (“la temida invasión”) o “al vientre de nuestras mujeres que nos darán la victoria”.

¿Qué hay de cierto en estas alarmas y en estas aseveraciones? ¿Europa será algún día musulmana? Y en un marco más general: ¿Los musulmanes están creciendo de forma desbordada a escala planetaria?

Lo que dice la demografía

Empezaré por abordar este último interrogante utilizando los datos de las proyecciones del Pew Research Center. Entre los años 2010 y 2030 el crecimiento será superior a la media mundial, pasando de 1.600 millones en 2010 a 2.200 millones en 2030. Esto significa añadir un 3% más de musulmanes en el conjunto del planeta, que pasarían a representar algo más de una cuarta parte (26,4%) de los habitantes del mundo.

Pero este crecimiento, como ocurre a escala global, ha empezado a perder intensidad. La tasa de crecimiento anual fue del 2,2% entre 1990 y 2010 y será del 1,5% de 2010 a 2030. Así pues, no es cierto que en un mundo con una desaceleración generalizada del crecimiento, la población musulmana mantenga los fuertes niveles anteriores. También en sus países se ha iniciado el descenso, aunque mantengan tasas por encima de las de las poblaciones no musulmanas.

El mayor crecimiento hay que ponerlo en relación con tres factores principales. Unos índices de fecundidad todavía altos salvo algunas excepciones, una elevada cantidad de mujeres en edad de procrear y una edad relativamente temprana de tener el primer hijo.

Pero las cosas están cambiando muy rápido. En los 10 países con mayor número de musulmanes (Indonesia, Pakistán, India, Bangladesh, Egipto, Nigeria, Irán, Turquía, Argelia y Marruecos), los valores de fecundidad pasaron de 6-7 hijos por mujer en los años 50 a 2-3 en el momento actual. La excepción es Nigeria con 5,7 todavía, muy alejados de los 1,7 que tiene Irán, país que ha experimentado el descenso más espectacular y que lo sitúa en el mismo nivel que Bélgica, Holanda o Rusia.

Por qué baja la población musulmana

Como factores explicativos del descenso se puede decir que han actuado las mismas causas que en otros escenarios. Cuatro son especialmente influyentes:

  • el descenso de la mortalidad infantil, que permite conservar la mayoría de los los hijos engendrados;
  • la mejora del nivel educativo de las mujeres, quizás el factor que juega el papel más relevante;
  • el éxodo rural, que concentra la población en las ciudades y modera los comportamientos fecundos,
  • y el uso creciente de los métodos de control de nacimientos, aunque los porcentajes en algunos países sean todavía bajos (Nigeria es el ejemplo más significativo y la recomendación oficial es “espaciar” los nacimientos en lugar de ejercer un férreo control).

En cuanto a la estructura por edades, la población musulmana sigue siendo comparativamente joven, pero menos que en el pasado cercano. A finales de los 90, dos tercios de los habitantes en los países donde eran mayoría tenían menos de 30 años. Hoy ese valor se ha reducido al 60% y en 2030 será del 50%. Como reacción, ha crecido la población adulta y la de mayores incorporándose estos estados al proceso general de envejecimiento de todo el planeta.

Dos grandes conclusiones generales se desprenden de estos datos.

  1. La primera es que los musulmanes crecen con más intensidad, poseen tasas de fecundidad más altas y valores de población joven más fuertes que los no musulmanes.
  2. La segunda es que todos estos indicadores han empezado a disminuir: baja la tasa de crecimiento, se reduce la fecundidad y pierde peso relativo la población joven. En definitiva, la población musulmana experimenta una desaceleración en todas las zonas donde se asienta, aunque con intensidades diferentes.

Estas son las tendencias globales, pero, como nos interrogábamos al principio, ¿qué está sucediendo en Europa? ¿Algún día el viejo continente será musulmán? Me apresuro a rechazar esa suposición alimentada por partidos o asociaciones racistas o xenófobas que no resiste el más elemental análisis estadístico.

A comienzos de esta década los musulmanes, con 40 millones de personas, representaban el 6% de la población del viejo continente. Esa población crecerá en 2030 hasta los 58 millones, pero eso sólo supondrá el 7,7% de los 751 millones de europeos.

El crecimiento será algo más fuerte en los países de Europa occidental y del norte, pero en ninguno supondrán más del 10% de la población del país de residencia.

Políticas para la convivencia

Una cosa es que vaya a haber más musulmanes, pero otra muy distinta es que por natalidad y sobre todo por inmigración, vayan a convertirse en la etnia y la religión predominantes en Europa.

No se puede utilizar la demografía, como algunos pretenden, para justificar determinadas actitudes o posicionamientos que no se compadecen con los datos.

Lo que habría que hacer es enfrentar la realidad estadística de una población musulmana creciente con las políticas adecuadas para que su presencia se produzca en las mejores condiciones posibles para la convivencia pacífica y el respeto a las leyes que nos hemos dado.

La Europa del mañana será de los europeos aunque debamos convivir con gentes que acudirán de todos los rincones del Planeta, entre ellos también musulmanes.The Conversation

Rafael Puyol, Presidente del Comité asesor The Conversation España. Presidente del Patronato de IE University, IE University

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.

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