Modo día

 

Después del célebre referéndum, de la aún más célebre supresión temporal de la autonomía de Cataluña, y de las elecciones del pasado mes de diciembre; después de las múltiples detenciones, encarcelaciones, declaraciones, disturbios, tweets y demás historias, la cuestión catalana —el procés— sigue viva. Cabe preguntarse por qué los gerifaltes del independentismo aún no se han rendido, por qué insisten tan tozudamente en sus propósitos. Y por qué la sociedad catalana —no en su totalidad, pero sí en una parte importante— insiste en seguir apoyando la causa secesionista. Tal grado de tozudez sólo puede tener su origen en un profundo convencimiento o en un denostado interés. De esto vamos a hablar.

Continuamente escuchamos a los políticos independentistas —o, al menos, partidarios del referéndum— afirmar que el de Cataluña es un problema político (por lo que es preciso solucionarlo por medios políticos). Los constitucionalistas, en cambio, se encargan de recordarnos sin descanso que los medios utilizados por los independentistas son ilegales, que han cometido toda una ristra de delitos y que se han pasado la Constitución por el forro. Todo esto es cierto, pero no es el problema. Digamos que el problema político y el que podríamos llamar jurídico son como la punta del iceberg: lo más superficial —y lo menos relevante— de toda la cuestión catalana. Lo verdaderamente importante es el problema social. Se puede —y se deberá, si así lo dictamina un juez— encarcelar a Puigdemont y demás individuos. Pero eso no es la solución al problema verdadero, al problema social. Puigdemont puede ser un problema, pero si lo es, lo que está claro es que es un problema menor. Con Puigdemont o sin él —con Torrent, con Rufián, con Torrá o sin ellos…—, el independentismo seguirá vivo mientras exista una conciencia nacional en Cataluña, mientras permanezca en muchos catalanes la firme creencia en la pasada existencia de una Corona catalana o catalano-aragonesa, como se enseña en muchos colegios y universidades (y no sólo en Cataluña). Este es el problema catalán: la permanencia de una mentira histórica construida (quién sabe qué intereses puede haber detrás) y enseñada con el beneplácito —esto es, con la complicidad culpable— de los gobiernos populares y socialistas.

Decíamos antes que detrás de tamaña tozudez sólo podía haber o un denostado interés o un convencimiento real. Creo en verdad que sólo los constructores de la mentira histórica, los líderes intelectuales y económicos del independentismo y algunos —quizá más que algunos— de sus líderes políticos se han guiado o se guían por intereses personales. Creo, por tanto, que lo que podríamos denominar el “independentista de a pie” es únicamente una víctima de la mentira histórica. De ningún modo todos los independentistas son nacionalistas. Es más, considero que algunos o muchos son verdaderos patriotas: los que sin utilizar la violencia ni estar movidos por el odio a España, sino sólo por su arraigada conciencia nacional luchan por la independencia de la que creen su patria. Estos son patriotas. Patriotas de una patria ficticia, sí, pero patriotas, porque luchan por una causa que consideran legítima en base a una historia que, aunque falsa, ellos creen verdadera. Quizá violan las leyes españolas o la Constitución, pero ¿acaso no está justificado —moralmente, quiero decir— saltarse una ley que consideramos clamorosamente injusta? Ninguna culpa tienen, a mi modo de ver, los que defienden la secesión desde este punto de vista. Son, como ya he dicho, sólo víctimas. La solución pasa (¡como en tantas otras ocasiones!) por una reforma educativa. Quizá por transferir las competencias de Educación al gobierno central o, al menos, por establecer un mínimo control sobre las Comunidades autónomas en lo que a esto respecta. Pero sobre todo por difundir en las aulas un mayor conocimiento de la historia de España. El objetivo no es otro que descubrir a los engañados la mentira: enseñarles que, quieran o no, pertenecen a España. Esta es la única solución posible a la cuestión catalana. Sin embargo, cuando De Prada aludió recientemente a esta vía del convencimiento, el conocido periodista Hermann Tertsch contestó en un tweet: “que se convenzan solos. O que vayan al psiquiatra para que les ayude a asumir la realidad”. Luego siguió con la cantinela jurídica que continuamente escuchamos de boca del Partido Popular, Ciudadanos y socialistas. Personalmente, si yo fuera independentista —si me hubieran enseñado y creyera la mentira histórica sobre Cataluña— no me convencería y de ningún modo cejaría en mi empeño por alcanzar la independencia porque me dijeran que es ilegal: me habrían de convencer, para que abandonara, de que la mía es una lucha sin sentido, basada en una mentira. Esa es la tarea.

Por otra parte, es preciso recordar —quizá se nos escapa a veces— que el problema catalán —la mentira histórica sobre Cataluña— viene de un problema aún mayor: la mentira histórica sobre España y la crisis de identidad nacional —en otras palabras, el escaso sentimiento patriótico que hay en nuestro país—. Es comprensible que el sentimiento patriótico haya sido rechazado por la izquierda española durante años por su asociación al régimen franquista, pero dado que la historia de España va mucho más allá de la época franquista, de la Segunda República e incluso de la existencia de derechas e izquierdas, el miedo al patriotismo es algo irracional si este tiene su sustento en argumentos históricos. Sin embargo, en otras ocasiones, el sentimiento antiespañol está fundamentado en un sentimiento anticatólico, pues algunos no pueden aguantar que la tradición hispánica sea eminentemente católica —en parte, el nacionalcatolicismo franquista contribuyó también al desprestigio de la institución eclesiástica en España, aunque no hemos de olvidar que la persecución religiosa comenzó años antes del estallido de la guerra civil, siendo, de hecho, una de sus principales causas—. La cuestión es que para evitar los nacionalismos regionales dentro de nuestro territorio es urgente un replanteamiento del problema de fondo. Es preciso que el gobierno nacional —sea del partido que sea— sea el primer defensor de nuestra historia y de nuestra tradición; el primer propagador de nuestra cultura. Que se recuerden todos nuestros logros, que se rebata la leyenda negra. En definitiva, es preciso (y urgente) acometer una labor como la hecha por los independentistas en Cataluña —de fomento del amor por lo propio—, pero sin mentiras, sin manipulación y sin odios —si el patriotismo español es auténticamente español, será católico y, por tanto, será un patriotismo verdadero, amor por la patria, y degenerará en un nacionalismo excluyente y beligerante—.

Ese patriotismo, además, no ha de ser nunca centralista (que no es más que el germen de un nacionalismo español que sería no sólo estéril, sino también peligroso, como todo nacionalismo): ha de ser siempre compatible —y por ello aún más rico— con el amor por la tierra más cercana, la propia región, y sus tradiciones, que, orgullosos, reconoceremos como integrantes de algo más grande: la tradición española. Es este un punto importante, pues en muchas ocasiones la defensa de la unidad de España frente al separatismo ha venido aparejada a expresiones centralistas o centralizadoras, como si la descentralización —o el amor a la propia región, la patria chica y sus costumbres y tradiciones propias— estuviera en el origen de esas ansias de escisión. Nada más lejos de lo contrario; no olvidemos que fue, precisamente, el centralismo borbónico una de las causas de la independencia de las colonias españolas en el Nuevo Mundo. Pero ¿cómo aprenderemos de nuestra historia, si no la conocemos? ¿Cómo evitaremos tropezar una y otra vez con las mismas piedras? No quiero decir con esto que el modelo autonómico actual me parezca el más adecuado (considero que tiene muchos defectos): el modelo territorial debe ser reformado, pero, sobre todo debe ser reformado de forma que se conciba entre los españoles como algo natural y compatible el amor simultáneo a la patria grande —España— y a la chica —la propia región—.

El único camino para solucionar el problema catalán es arreglar el problema español. Sólo entendiendo lo que es España entenderemos lo que es Cataluña. Sólo desde un patriotismo que sea, a la vez, regionalista —entiéndase este término en el sentido que antes hemos desarrollado, y no en otro— y sólo destapando la mentira histórica sobre España y sobre Cataluña podremos hacer frente a la lacra nacionalista que hoy amenaza con desintegrar nuestro país.

Eduardo Alarcón Torres.

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