Modo día

No era un sábado más. En el cuerpo de bomberos de Antequera todos estaban preparados para socorrer a aquellos vecinos de la comarca que pudieran tener algún tipo de problemas, amén de los consabidos accidentes de tráfico, cotidianos en los fines de semana a la vez que indeseables. José Gil llevaba a sus espaldas varios lustros de experiencia en el oficio, desde que se dio el pistoletazo de salida al puesto de bomberos de Antequera. Esa experiencia, a veces, te hace prevenir muchos errores posibles. Otras veces, nos llena de una confianza que puede resultar asesina.

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Cayó la noche en Antequera y sonó el teléfono. José salió junto a dos compañeros, camino de Campillos. El camión paró en el arroyo Hoyero, volcando mientras su conductor intentaba enderezarlo. Los valientes siempre son los primeros en tomar el mando en situaciones de riesgo, por lo que José se ofreció a salir el primero para ayudar a sus otros dos compañeros a que pudieran alcanzar la orilla con facilidad. Sin embargo, con lo que no contaba José era con la fuerza violenta y salvaje de unas aguas bravas que, aunque adormecidas durante décadas, siempre despiertan de su letargo para buscar su cauce milenario, forjado a fuerza de tesón durante eras imperceptibles para el ojo humano. A veces tendemos a olvidar que somos un minúsculo punto azul en el Universo, como ya apuntó el magnánimo divulgador científico neoyorquino Carl Sagan. Un punto azul en donde el rey es el agua y nosotros sus súbditos, indefensos y a su merced cuando osa desperezar sus alas dormidas sobre la tierra polvorienta que maltratamos, cual Ave Fénix depredador.

 

El agua se llevó a José, un héroe antequerano que nunca dudó en ponerse a disposición de quien necesitara de su ayuda durante su larga experiencia de servicio. José deja atrás a dos hijos y una viuda que no encontrarán consuelo ni en los numerosos mensajes de afecto que han arribado de toda la geografía española, ni en los tres días de duelo en los que se va a sumir la ciudad milenaria que cobija El Torcal. Hoy salió el sol por Antequera, como de costumbre, pero con millones de lágrimas desgarradas y abatidas. Ese cielo cruel que se ha llevado a un ángel, después de descargar toda su ira contra lugares humildes y serranos de la comarca de Antequera, donde ni los más viejos del lugar recordaban tanta bravura en las aguas.

Mientras tanto, ajenos a lo ocurrido, sin suministro de luz ni agua, los vecinos de Campillo se afanaban en protegerse de la fuerza del agua, hecha torrente, que apareció por sus calles, antaño tranquilas. Solo esta gente, solidaria y buena, sabe el miedo que sufrió al ver toneladas de acero, en forma de coches, desplazarse como barcos de papel por la superficie de un agua marrón con colmillos afilados de muerte. Almargen, Ardales, Bobadilla, Carratraca, Casarabonela, Fuente de Piedra, Humilladero, Sierra de Yeguas y Teba corrieron la misma suerte, puestos a prueba por estos sucesos que quitan vidas y unen a vecinos que hoy colaboraban al unísono, sin medios pero con ganas de restablecer la paz que el cielo les robó.

 

No muy lejos de allí, en Ronda, cuna de los románticos del XIX, el río Guadalevín (río de leche en árabe), se convertía en daga y penetraba con una fuerza cósmica en la grieta que ataja en dos el pueblo viejo del nuevo. En esa ferocidad, derrumbó el muro de contención de los baños árabes, con el puente romano por testigo (tantas veces sucumbido por este río de mala leche), para metamorfosearse en cascada, con el Tajo dando fe, en el abismo idílico que tanta literatura ha preñado y tanto pincel ha excitado. No hay más que observar ese lugar para ver qué tiempos pasados hubo para que la erosión fluvial ahuecara la roca de esa manera.

 

Los arroyos, torrentes y ríos, al igual que las lágrimas de Bécquer, van a parar al mar, donde se encuentra Estepona, enclave idílico de la Costa del Sol, “aguirnaldada” por multitud de arroyos, casi siempre secos, que en días de lluvia buscan su cauce milenario, encontrándose hoy con cemento febril de especuladores modernos, a los que nunca alcanzan los desastres medioambientales que ellos provocan a cambio de unas cuantas monedas de oro, como traidores de otra época: “Roma no paga a traidores”, dijo Quinto Servilio Cepión cuando le entregaron a Viriato. Estepona tampoco honrará a los que nunca se preocuparon por respetar los sagrados cauces fluviales en torno a los que los antiguos siempre construyeron. Cuentan que Calígula, en su delirio, espada en mano, osó retar al océano. Dos mil años después aún hay quien se sorprende de la fuerza del agua cuando busca su lugar. Por desgracia, hoy somos uno menos. José Gil Gutiérrez, de 48 años, casado y con dos hijos, ya no podrá ayudarnos en un apuro. Pero es nuestro deber recordarle, como el héroe que hasta su muerte ha sido. Porque Málaga sí honra a sus héroes.

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