El idiota y el lector

La técnica de escribir: Fiódor Dostoievski

Cualquier idea que se nos revele a prop√≥sito de la lectura de una novela, por muy genuina o casual que nos pueda parecer a nosotros los lectores, queda bien lejos de serlo. Si la narraci√≥n nos provoca tal o cual impresi√≥n no es m√°s que porque su autor ha decidido narrarlas, adem√°s desde la m√°s absoluta consciencia de trasladarlas al papel. As√≠, la novela nos ense√Īa, entre un sinf√≠n de lecciones, a lidiar con la derrota ante la historia contada ‚Äďvivida o creada‚Äď y a aprehender que el camino de su lectura es, en parte, adentrarse en la meditada t√©cnica del escritor.

El mal√©fico plan que tram√≥ Fi√≥dor Dostoievski en El idiota, publicada por entregas en la revista El mensajero ruso entre 1868 y 1869, esconde una intenci√≥n casi protectora. El pr√≠ncipe Myshkin, el idiota y protagonista, es el eje que mantiene al lector inmerso en la novela. Un personaje enfermo de epilepsia ‚Äďcomo tambi√©n lo fue el propio Dostoievski‚Äď que abandona un sanatorio mental en Suiza, donde ha permanecido desde pr√°cticamente su infancia, para volver a su Rusia natal. Compasivo, bondadoso y ajeno a las transformaciones sociales de la √©poca, idiota del todo; su condici√≥n aristocr√°tica lo relaciona con la burgues√≠a de Petersburgo, avara, despiadada y demasiado espabilada para √©l, tan inocent√≥n. Personalidades modernas, sean, lejos ya de los designios del camino religioso, con conciencias del ¬ętodo vale¬Ľ y en ausencia de miedo al castigo divino y eterno.

Sin embargo, por muy ácido, incluso amargo-verde bilis, que podamos percibir el sabor de esta labor novelística, Dostoievski nos propone caminar junto al príncipe Myshkin para digerir acidez y amargura con jugos de humor, sarcasmo y un toque dulce, una guinda roja perfecta sobre un pastel desmontado. El apasionado ruso ni camufla la realidad de su tiempo ni la suaviza con salsas tan bien aderezadas que ponen en evidencia la mediocridad de su producto base: la materia humana. No obstante, sí plantea, en su existencialismo naciente, que ante el desamparo del absurdo, la violencia física o verbal y la superficialidad que ya vaticinaba el escritor para los nuevos tiempos, hagamos uso de un camino propio y de distancia. La bondad del idiota es la posición primera del lector en la novela, y con ella, con nuestro príncipe atravesamos un circuito repleto de obstáculos, barro y cuerdas astringentes, pero que nos deja un regusto a miel dorada en los labios.

El idiota nos desvela as√≠ la invitaci√≥n directa y personal del creador a afrontar el tiempo de cara y con filosof√≠a a partir de la t√©cnica narrativa. Parec√≠a ser consciente de que el lector no merece cruzar algo m√°s de ochocientas p√°ginas entre burgueses interesados sin un compa√Īero entra√Īable que le agarre de la mano. No me cabe duda como lectora de que cualquier par de ojos atentos se abrir√°n much√≠simo bajo las cejas arqueadas al descubrir este y otros tantos hilos narrativos disimuladamente sugeridos a trav√©s de las idas y venidas del idiota de Myshkin. No obstante, bien es cierto que semejante plenitud (¬°oooh, aqu√≠ se refiere a √©l mismo! ¬°Qu√© mal le cae Rogozhin, hay que ver!), ese ¬ęsaberlo todo en un instante¬Ľ se esfuma en cuanto cambiamos de l√≠nea, p√°rrafo o p√°gina para volver a la incertidumbre de siempre, con los ojos ya puestos en encontrar un nuevo plano.

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