Modo día

Entramos en agosto, con el octavo mes del año llega la segunda edición del Palio de Siena. Muchos desconceran de qué se trata, algunos conocerán la pequeña ciudad toscana y por lo tanto sabrán algo sobre “lo de los caballos”. Sin embargo lo que se vive en esta localidad italiana dos veces al año  es algo más que una simple carrera de caballos.

Por mucho tiempo que pase, Siena siempre se aparece de repente -después de serpentear por las interminables colinas de la Toscana- con su pintoresca silueta medieval. Un skyline configurado por torres, catedrales, murallas y campanarios. Después de tanto tiempo algo me invitaba a venir aquí. La ciudad es atemporal, tan solo sus atardeceres atestiguan el paso del tiempo. Aun así ha sido como visitar a un viejo amigo. Lejos del mundanal ruido de Roma, calles vacías y sin ningún peligro a la vista. Silencio: lo que ofrecen las callejuelas y “vicolos”. Se agradece. Ni sirenas, ni coléricos conductores aporreando el claxon y blasfemando.

Un mundo hermético, encerrado de murallas para adentro y aparentemente aislado del resto de Italia. Su sistema nervioso está compuesto de numerosas callejuelas regadas por coloridas banderas de cada una de las 17 “contradas” (Cada contrada equivale un barrio) que dividen la ciudad. Cada una está representada por una criatura, hay de todo: desde un elefante, una tortuga o un águila hasta un dragón y un unicornio. Además, existen duras rivalidades entre alguna de ellas.

En la Plaza del Campo -la más bonita del país para algunos, para otros la más bonita del mundo- la Torre del Mangia se enroca para gobernar la partida que tiene lugar dos veces al año. Aquí será donde las contradas se disputen el ansiado palio. Durante el resto del año los peones — los miembros de las contradas- se dedican a moverse. Cuando hay nacimientos las banderas se adornan con un crespón rosa o azul, es muy importante ya que se es de la contrada en la que se nace -en su defecto de aquella en la que se pernocta por primera vez- hasta la muerte, día en el que se realizará una misa y las banderas de la contrada se adornaran con un crespón negro.

No obstante, esta pequeña ciudad toscana no es ajena al turismo que aflora en la mayoría de ciudades italianas. Su cercanía a Florencia y Pisa le hacen uno de los destinos más populares de la zona. Tranquilidad en los meses previos a la primavera para luego llegar la temporada alta, su punto álgido: el verano, época en la que se celebra el Palio.

El Palio es una carrera de caballos en la que los jinetes disputan dos vueltas alrededor de la empinada plaza del campo. Los corredores no llevan silla y van avituallados con los colores de su contrada. Está carrera a ojos de un turista o un extranjero puede parecer una extravagante costumbre pero a ojos de un sienés está carrera es aquello para lo que se han estado preparando durante todo el año. La diferencia entre la gloria y la humillación; que se lo pregunten a aquel jinete que sea sospechoso de haberse dejado ganar. El Palio mueve ingentes cantidades de dinero.

Lo sieneses se hinchan de orgullo al hablar del Palio. Normal, se trata de una carrera que viene siendo realizando dos veces al año (una el 2 de julio y otra el 16 de agosto) durante siglos, cuando Siena era una potencia en la zona. La puesta en escena previa a la carrera es propia de una recreación histórica. El Palio, una tela única, decorada por algún artista de la zona, es paseada por unos autóctonos bueyes blancos. También desfilan los miembros de las contradas portando sus estandartes y ataviados con pesadas armaduras. Por lo tanto, es normal que desde la época medieval se hayan arrastrado algunas feas costumbres como puede ser el clientelismo entre jinetes o la violenta rivalidad entre contradas.

La figura del jinete es cuanto menos controvertida. Se llevan, eso sí, una gran cantidad de dinero y en el caso de la victoria, cual torero, es paseado a hombros mientras recibe el cariño de los representantes del barrio, días después, la ciudad probablemente este empapelada con fotos de su gesta. Sin embargo, se trata de un mercenario que cambia a menudo de contrada y que puede llegar a recibir palizas mortales de los propios miembros de esta si sospechan que ha participado en amañar la partida.

Ganadores del Palio 2016. Fuente: archivo personal del autor.

Cuando llega el día de la carrera de los diecisiete barrios existentes solo competirán una decena de ellas. Las siete que no participaron en el año anterior junto con otras tres elegidas por sorteo. Un sorteo realizado instantes antes de la carrera decide la “la parrilla de salida” y nombrará al rincorsa, este será el ultimo jinete en entrar al recinto de salida. El recinto de partida, situado en una de las esquinas de la plaza, está delimitado por dos cuerdas, la segunda más corta separa al rincorsa de los otros nueve competidores. Será pues el rincorsa quien decidirá cuando tiene comienzo la partida y una vez decidido entrará al reciento junto con el resto de jinetes sonando un petardazo que anunciará la desbandada de los participantes.

En estos instantes previos se puede ver la complicidad entre jinetes, quienes negocian entre ellos ofreciéndose generosas sumas de dinero. Pero sobre todo negocian con el rincorsa para que comience la carrera cuando sea más oportuno para cada uno. Una vez inicia la carrera, y tras dos vueltas en las que se cabalga a pelo, sin montura, el ganador será aquel en cruzar en primer lugar, haya jinete o no.

La rivalidad entre contradas se vive todos los días. Como si se tratase de ultras de fútbol de una misma ciudad. Durante el año se tocan los tambores a horas intempestivas en los barrios rivales. Tras la carrera cabe la posibilidad de que tenga lugar una macro tangana en el corazón de la muchedumbre situada en el centro de la plaza. Además, si el desgraciado jinete que representa a los rivales ha tenido la ocurrencia de caerse del caballo, incluso aunque sufra lesiones graves, no se librará de las mofas de sus oponentes quienes se acordaran de él durante todos los festejos a realizar.

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