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Strickland y Arnold han ganado el premio Nobel de Física y el de Química, respectivamente. Y también han alcanzado otro hito: nunca antes dos mujeres habían recibido estos dos galardones en el mismo año. Algo está cambiando. Es innegable. E imparable, por fortuna. Ese “algo” nos obliga a dedicar unas palabras a la presencia de mujeres científicas y tecnólogas en la sociedad del presente. Antes de hablar de sus logros, de la ciencia que han producido, es menester destacar por qué estos dos premios son tan relevantes y, tristemente, tan extraordinarios.

La incorporación efectiva de la mujer al desarrollo científico es incontestable, pero no suficiente. Basta remitirse a los datos para darse cuenta de lo desolador que resulta el panorama: 50 mujeres en total han sido galardonadas con el Premio Nobel, entre 1901 –fecha en la que comenzaron a entregarse- y 2018. El número de hombres premiados anuncia esa clara descompensación: 842 varones recibieron el prestigioso premio sueco y 24 fueron las organizaciones agraciadas.

El papel de las mujeres en ciencia, como en tantos otros terrenos de la cultura humana, ha sido minusvalorado y las protagonistas femeninas, discriminadas y olvidadas. Quien lo niegue, o bien es ignorante o bien es malvado. Las mujeres tuvieron vetado el acceso a la universidad hasta finales del siglo XIX en muchos países ilustrados (en España, incluso entrado el siglo XX). Las pocas que lograron –por cuestión de dinero y libertad familiar- acceder a las instituciones de enseñanza superior, sufrieron a menudo la ausencia de credibilidad por parte de sus compañeros varones. Muchas investigaron a escondidas, publicaron bajo pseudónimo o al amparo de sus maridos o padres. La autoridad científica ha sido, históricamente, cosa de hombres. A lo largo del siglo XX, fueron varios los estudios científicos y las teorías que se utilizaron para intentar demostrar la supuesta inferioridad intelectual de los hombres frente a las mujeres.

La puesta pública en valor de la actividad científica de las mujeres es una cuestión pendiente. No obstante, los tiempos están cambiando. Y el mérito es de ellas, quienes, en medio de una situación tan desfavorable, no dieron muestra de ánimo acobardado y lucharon por dedicarse a sus pasiones intelectuales. Sirvan sus trayectorias como modelo y acicate para despertar las vocaciones del futuro.

 

Donna Strickland, la “atleta láser”

Así es como se describe a sí misma, por su papel en la invención del sistema CPA (Chirped Pulse Amplification), un método de generación de impulsos láser ultra cortos de alta intensidad, junto con su compañero, el francés Gérard Mourou, con quien comparte una de las mitades del premio. La otra mitad del galardón ha recaído en el estadounidense Arthur Ashkin y sus “pinzas ópticas y su aplicación en sistemas biológicos”.

Donna Strickland, premio Nobel de Física 2018

La científica canadiense nació en 1959 en Guelph, Ontario. Se graduó en Física en 1981 en la Universidad de McMaster. Estudió óptica en la Universidad de Rochester, en el estado de Nueva York, trabajando para obtener su doctorado bajo la supervisión del  Dr. Mourou. Su desarrollo tecnológico tiene variedad de aplicaciones, incluida la cirugía ocular correctiva con láser.

Es profesora en la Universidad de Waterloo, en Ontario, Canadá, desde 1997, donde dirige un laboratorio de láser ultrarrápido y trabaja con un equipo de estudiantes de pregrado y posgrado. Uno de sus intereses, según confesaba tras recibir el Premio, ha sido atraer a los más jóvenes y demostrarles que la ciencia puede ser muy divertida.

Además de ser galardonada con uno de los premios más prestigiosos del planeta, Donna Strickland se ha convertido en la primera mujer en ganar el Nobel de Física en 55 años, y en la tercera en recibirlo en toda la historia de los Nobel.

 

Frances H. Arnold, líder en el desarrollo de enzimas

Por su parte, la estadounidense Frances H. Arnold se ha convertido en la quinta mujer en ganar el premio Nobel de Química, premio compartido con el estadounidense George Smith y el británico Gregory P. Winter. Profesora Linus Pauling de Ingeniería Química, Bioingeniería y Bioquímica, en Caltech, ha recibido el galardón por la evolución dirigida de las enzimas. El trabajo de Arnold consiste en acelerar y dirigir la evolución de ciertas proteínas, para utilizarlas con fines que brindan el mayor beneficio a la humanidad.

Frances H. Arnold, premio Nobel de Química 2018

Las enzimas producidas a través de la evolución dirigida se utilizan para fabricar todo, desde biocombustibles hasta productos farmacéuticos. Inspirándose en el poder de la evolución natural y utilizando los mismos principios (el cambio genético y la selección) se han desarrollado proteínas que puedan resolver algunos de los problemas químicos de la humanidad. Las aplicaciones prácticas son muy esperanzadoras e incluyen fabricar medicamentos de manera más económica; tratar enfermedades de manera más efectiva con nuevas terapias biológicas; detectar el cáncer antes de que se desarrollen los tumores o crear alimentos más saludables y menos costosos energéticamente.

La exitosa carrera de Frances H. Arnold le ha llevado a acumular una larga lista de merecidos e importantes premios: el Premio Charles Stark Draper de la Academia Nacional de Ingeniería, el Premio de Tecnología Millennium, el Premio Sackler de la Academia Nacional de Ciencias y la Medalla Nacional de Tecnología e Innovación de los Estados Unidos. Además es miembro de Academia Nacional de Ciencias.

 

 

Los premios Nobel, que serán entregados el 10 de diciembre, coincidiendo con el aniversario de la muerte de su fundador, Alfred Nobel, suponen el mayor acto de reconocimiento a una carrera científica y están dotados este año con nueve millones de coronas suecas (unos 870.000 euros). Pero lo más importante para estas dos científicas, es dar ejemplo a otras mujeres de que la ciencia también es “cosa de chicas”. Requiere, eso sí, talento, esfuerzo y una enorme dedicación.

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