Modo día

¿Qué pensaríais si os dijera que un presidente de Estados Unidos y el escritor de uno de los libros más vendidos del mundo tuvieron relación sin saberlo? Pensareis que estoy loco o que tengo una imaginación desmesurada, sin embargo, es algo que, pese a lo increíble que suena, ocurrió de verdad.

Antes de comenzar con el relato, me gustaría que conocierais los antecedentes de cómo di con esta historia. Un buen amigo, Luis Gómez, me prestó hace un tiempo un libro de Santiago Posteguillo titulado “La Sangre de los libros”. No era un libro tan conocido como su famosa trilogía, pero en él recogía anécdotas e historias relacionadas con la literatura y la historia. Me resultó un libro fascinante y muy recomendable para aquellos profesores y profesoras de Historia o Lengua y Literatura que quieran hacer más cercanas sus asignaturas a sus alumnos y alumnas. No obstante, hace cosa de un mes, rebuscando en una librería de segunda mano, encontré otro libro de Santiago Posteguillo titulado “La Noche en que Frankenstein leyó el Quijote”. A simple vista, el titulo nos lleva a pensar que se trata de un libro fantástico o cómico. Sin embargo, no es así, ya que en su interior contiene la vida secreta de muchos libros que hemos leído, y en una de ellas, concretamente la que se titula “el ultimo vuelo” cuenta la historia que pretendo que hoy conozcáis.

Esta historia nos cuenta la coincidencia histórica que tuvo lugar durante la Segunda Guerra Mundial en la que, por un lado, nos encontramos con el General Eisenhower (posteriormente presidente de Estados Unidos) y por otro al autor de “El Principito”, Antoine de Saint-Exupéry. Pueden poner cara de incredulidad, les doy permiso.

¿Qué pueden tener en común una persona que fue el prototipo de republicano de mediados del siglo XX (militar, religioso y profundamente conservador) con un escritor de poco renombre en aquella época? Simple y llanamente el ejército.

Eisenhower, como buen militar americano, tenía asesores a su alrededor que filtraban su correo y según su criterio decidían qué era útil y qué no lo era  Sin embargo, una de estas cartas que sí pasó el filtro de la censura militar llegó hasta su mesa. Se trataba de una carta en la que un francés de 43 años, medio tullido por numerosos accidentes, y piloto de aviones, le pedía permiso para incorporarse a un convoy de reconocimiento en el Mediterráneo y así poder seguir luchando contra los alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Santiago Posteguillo nos lo cuenta así en la página 167 de su libro:

Se trataba de una petición, una más, pero especial: un francés de cuarenta y tres años, experimentadísimo piloto, solicitaba ser admitido en un convoy para incorporarse como piloto de reconocimiento en el Mediterráneo. El solicitante apenas podía vestirse solo ni girar la cabeza hacia la izquierda, lo que implicaba que no podría detectar a un avión enemigo por ese lado. Todo eso se debía a innumerables fracturas de accidentes aéreos sufridos en el pasado. Pese a todo, el solicitante instía en que todavía podía ser útil a su país (…)

Einsenhower aprobó la solicitud, ya que consideraba que necesitaban gente como Antoine para ganar aquella guerra. Dicen los historiadores, que cuando Saint-Exupéry recibió la contestación ya tenía preparada la maleta, que fue en un día cálido y que antes de irse hizo llegar a sus editores su último libro, un libro diferente a los cinco anteriores, un libro que podríamos llamar metafórico. Sin embargo, su destino no fue el más gustoso para nuestro escritor, en lugar de enviarle al Mediterráneo, le enviaron a una base de la Francia Libre en Argelia para pilotar el moderno P-38 Lightning. Como buen piloto, Antoine necesitó unas semanas para familiarizarse con el nuevo avión, y lo consiguió. Sin embargo, lo que no podía prever era que, en su segunda misión por culpa de un fallo en el motor, se estrellaría el avión.

Antoine no tuvo la culpa, fue un fallo mecánico, sin embargo, su reputación en el mundo de la aviación había quedado marcada. Muchos compañeros le denostaron y maldijeron, llegando a acusarle de colaboracionista con el régimen de Vichy (De Gaulle fue uno de ellos).

Fueron ocho meses muy largos donde nuestro protagonista cayó en una profunda depresión que le llevó al alcohol e hizo que la mañana del 31 de julio de 1944 subiera a un P-38 modelo P5 no armado y partiera a su novena misión de reconocimiento, donde el ejercito de Estados Unidos estaba preparando la invasión del sur de Francia, Operación Dragón, y necesitaba conocer los movimientos de las tropas alemanas. Aun hoy en día no sabemos lo que ocurrió realmente, solo sabemos que Antoine de Saint-Exupéry nunca regresó, y nos dejó como testamento una de las obras más grandes de la literatura universal, “El Principito”. Todo gracias a que al General Eisenhower le dio por leer la carta de ese francés tan peculiar, sin embargo, ¿qué habría ocurrido si no llega a leerla?

Me gustaría terminar con una cita de El Principito que dice lo siguiente: “no se debe nunca escuchar a las flores. Solo se las debe contemplar y oler. La mía perfumaba mi planeta, pero yo no era capaz de alegrarme de ello”. (Capitulo VIII)

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