Modo día

Adoramos a esta panda de disfuncionales, de cómicos geniales, de grandes entre los grandes. Para muchos, entre los que nos incluimos, Monty Python son los dioses del humor. De hecho el que escribe este artículo recuerda perfectamente como en el trabajo de fin de máster que le sirvió para ejercer como guionista durante temporada la mayoría de ponentes citó como referencias fundamentales a los seis de la BBC.

Ahora bien, pasados unos años damos con Monty Python’s Flying Circus en Netflix, vemos la serie completa de un tirón y nos damos cuenta de algo que nos rompe el corazón: la mayoría de sketches que veneramos, que nos sirvieron de inspiración, que citamos a todas horas fueron emitidos durante sus dos primeras temporadas (las que van de 1969 a 1970): el del chiste más gracioso –y más mortífero- del mundo, el de la Inquisición española, el del loro muerto, el del leñador, el de las abuelas del infierno

Pero hay algo aún más descorazonador, y es que esos sketches míticos no se suceden unos a otros en una orgía de risa y comedia desenfrenada. A menudo están seguidos o preceden a otras escenas que no funcionan tan bien, que son inexplicablemente largas, que directamente se hacen pesadas, o que lamentablemente no comprendemos porque –y eso nos pasa a todos-, desconocemos la sociedad británica de la época; por lo que los chistes sobre cantantes,  jugadores de fútbol o políticos que no sean Margaret Thatcher nos dejan un poco fríos.

¿Qué había ocurrido? La mayoría de nosotros, en la época en la que hicimos el máster de guión, en esa era de Nokias y Motorolas, apenas conocíamos la serie que lo originó todo. Habíamos visto, eso sí, El sentido de la vida, Los caballeros de la mesa cuadrada… y aquellas a las que más partido podía sacar un futuro guionista de programas de humor: And Now for Something Completely Different  y Monty Python Live at the Hollywood Bowl . En la primera veíamos una recopilación de los mejores sketches del grupo filmados con formato cinematográfico; y en la segunda veíamos un espectáculo en el que volvían a incluirse sus clásicos más efectivos, se modificaban otros y finalmente se incluían otros nuevos cuya inspiración en aquellos emitidos en televisión era palpable.

En fin… unos cuantos tuvimos esa horrible sensación que se tiene cuando te das cuenta de que has estado escuchando toda la vida un disco de grandes éxitos de tu cantante favorito pero resulta que desconoces su discografía completa y, de repente, descubres que bastantes canciones no te dicen nada.

¿Se ha caído el mito completamente? Ni mucho menos: Monty Python son grandes del humor, pese a todo han creado joyas de poca duración que han hecho historia; pero también fueron como cualquier otro guionista de televisión: víctimas de la dictadura de los plazos, de ese chiste fácil que tiene como blanco alguna figura política o del espectáculo en boga, de la propia experimentación que busca romper esquemas para mantenerse, y hasta del tedio. Todo eso por no hablar de la natural crisis de ideas que se tiene cuando cada día tienes que ser más ingenioso que el anterior; una crisis que ni siquiera soluciona poner tiempo de por medio: sólo hay que ver que entre el fin de la segunda temporada y el comienzo de la tercera median casi dos años (del 22 de diciembre de 1970 al 19 de octubre de 1972) o que la cuarta temporada, ya sin John Cleese y con el grupo prácticamente deshecho, sólo tuvo 6 capítulos que, una pena, ni siquiera pueden ser calificados como “canto del cisne”.

También es muy posible que durante las primeras dos temporadas de Monty Python’s Flying Circus ocurriese lo que le suele pasar a un grupo musical con su primer disco: quien escribe las letras pone sus mejores recursos sobre el papel, quien canta pone todo el empeño en transmitir emociones con su voz, quien toca la guitarra da lo mejor en sus acordes, el disco triunfa… y luego todas esas personas se dan cuenta de que tienen que hacer eso cada año para sacar nuevos discos. Muchas veces se dice que no hay que poner todos los huevos en el mismo cesto, que hay que saber dosificarse… Pero, lectores, eso no se da en el mundo del show business.

Suponemos, y ahí está parte de su genialidad, que los Monty Python se dieron cuenta de eso, así que decidieron dedicarse al cine. Sus películas no dejan de ser una sucesión de sketches con una idea de fondo o retazos de una trama, casi se podría decir que son capítulos de Flying Circus de una hora y pico de duración que se iban rodando cada cuatro años. Los Python se estrujaban las neuronas, desechaban lo que no les gustaba, podían permitirse el lujo de experimentar, incluso de improvisar y, aunque podía haber fallos –el final de Los caballeros de la mesa cuadrada y la aparición de extraterrestres en La vida de Brian tendrán su gracia pero sospechamos que fue un “si cuela, cuela” en toda regla- , lo que vemos está repleto de buenos momentos para disfrute de todos los tipos de humor.

Otra cosa es que, pasados unos años, hayan explotado también los mejores momentos de sus películas en musicales o hayan creado otro espectáculo teatral de despedida reelaborando de nuevo lo ya reelaborado. Eso sí, dieron otro paso: reírse de ellos mismos, de cómo han envejecido e incluso de cómo algunos abandonaron este valle de lágrimas que es la vida.

Así pues, ¿son los Monty Python dioses, héroes, supervivientes…? Quizá sólo son como fuimos aquellos que una vez quisimos dedicarnos a la comedia; aunque bien es cierto que los antiguos dioses tienen pasiones, frustraciones, deseos y sentimientos como todos los humanos. Lo que no tenemos los humanos es la capacidad para hacer historia con el trabajo nuestro de cada día.

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