Modo día

Es fascinante acudir al cine mudo cuando se buscan referentes de un género. Este arte era joven, casi experimental. Por ello cuando nos acercamos a Youtube buscando aquellas películas que aterrorizaron a nuestros bisabuelos sentimos cierta fascinación pero también cierta confusión. Muchas veces las historias más que de terror parecen de fantasía, aunque sí es cierto que algunas imágenes nos pueden perturbar como la de una película de terror actual. Para que los aficionados puedan experimentar este contradictorio sentimiento y para que puedan comprobar cuáles son los muchos referentes del horror contemporáneo hemos confeccionado esta lista de títulos que pueden encontrarse gratis en Internet .

Comenzamos por la que probablemente es la más conocidas de todas: Nosferatu: una sinfonía de horror, de F.W. Murnau (1922). Sin lugar a dudas todos  conocemos algunas de sus aterradoras escenas,  como aquella en las que el conde Orlok se levanta de su féretro con el ya conocido efecto navaja, esa en la que aterroriza a la tripulación del barco que le lleva hasta la ciudad de Wisborg, o -la más famosa-  esa en la que vemos a su sombra alargar su garra de manera demoníaca. La verdad es que la mayoría de películas de vampiros siguen bebiendo de la fuente de aquel film que apunto estuvimos de perder debido al afán  por destruir las copias que tuvo la viuda de Bram Stoker al considerar que la cinta violaba los derechos de autor de Drácula.

Nota: como se puede apreciar, Murnau era un enamorado de la experimentación, aunque no siempre funcionara como tenía previsto. En la época en la que se rodó se confiaba en que la velocidad anormalmente rápida del carro que recoge a Hutter transmitiese una sensación de desconcierto, no de humor.

Seguimos por la que nos parece más cercana a un thriller moderno, El gabinete del doctor Caligari, dirigida por Robert Wiene (1920). Muchos la tienen como la gran obra cinematográfica del expresionismo alemán por su atmósfera de pesadilla, sus dementes y afilados escenarios, sus planos distorsionados…  pero es mucho más: su uso de recursos como la vuelta de tuerca o del narrador no fiable nos resultan chocantemente contemporáneos. Lo que nos extraña es que, a la vista de la falta de ideas del Hollywood actual, nadie esté pensando en desempolvar la vieja historia del hipnotizador Caligari y su inquietante sonámbulo asesino, Cesare. Sabemos que en las décadas de los 30, 40 y 60 del siglo XX se intentaron rodar nuevas versiones, pero poco tenían que ver con el original.

Esa escena en la que Cesare poco a poco abre los ojos todavía a muchos nos persigue. No obstante reconocemos que toda la parte del muñeco que se usa para engañar al vigilante Francis resulta demasiado cómica.

Muchos incluyen en la lista de películas mudas de terror El Golem, de  Paul Wegener (1920). Sin embargo para nosotros es más bien una película fantástica. Admitimos que, al igual que pasa con el gabinete del doctor Caligari, su ambientación es de lo más sugerente. De igual manera creemos particularmente siniestra la invocación del demonio Astaroth; pero ver al monstruo convertido en un criado al servicio del rabí Loew se nos viene abajo todo el terror que pueda tener la historia.

Por cierto, hemos de decir dos cosas: la primera es que el encargado de interpretar al golem no es otro que el director de la película, Paul Wegener; la segunda es que el film no está basado en la novela de Gustav Meyrink aunque hemos llegado a ver tal afirmación en algunas reseñas -eso sí, no pierdan la oportunidad de leer el libro- sino en la leyenda del golem de Praga, que data del siglo XVII.

El caso de Häxan (1922) es muy, muy curioso. Dirigida por el danés Benjamin Christensen se trata de un documental que trata la interpretación de la brujería a través de los siglos. Christensen se documentó meticulosamente (al fin y al cabo se trata de una cinta con una clara intención didáctica) y lo hizo hasta tal punto que los seres y demonios que vemos en la pantalla nos parecen en ocasiones demasiado bien hechos, demasiado reales… como una anticipación de lo que sería el llamado “valle inquietante”. Por supuesto, algunas de las tesis que sostiene el documental  nos pueden parecer pueriles, pero tengamos en cuenta que estamos ante una cinta con casi 100 años de edad.

Como se puede observar la cinta también tiene tiempo para el sentido del humor, aunque sea breve. Observen si no la cara de la actriz sometida a la tortura de una trampa para pulgares.

Seguimos con el mundo demoníaco hasta llegar a la italiana L’Inferno, dirigida en 1911 por Giuseppe de Liguoro, Adolfo Padovan y Francesco Bertolini. Aunque la película está basada en el  infierno descrito por Dante quizá sería más adecuado decir que está basada  en los magníficos grabados que Gustave Doré hizo entre 1861 y 1868 para una edición de La divina comedia. El resultado es surrealista y fascinantemente grotesco –menos la recreación del pobre Cerbero, todo hay que decirlo-. Cuando la vemos, reconozcámoslo, nos preguntamos “¿Cómo habrán hecho ese efecto en esa época?”

Si pueden, vean la película con una banda sonora más adecuada que la que se escucha en esta grabación. Reconocemos la buena intención del músico que la puso, pero hemos probado a verla con una selección de obras de Ligeti (especialmente Lux Aeterna) y queda bien, demasiado bien.

Entre los clásicos del cine mudo terror queda El fantasma de la Ópera, dirigida en 1925 por Rupert Julian a mayor gloria del camaleónico actor Lon Chaney. Para la historia del cine ha quedado esa escena en la que Christine quita a Erik la máscara revelando una horrenda y desfigurada cara. Sin embargo, poca cosa terrorífica hay más. La película, eso sí, tiene una estupenda ambientación en la ópera de París y en sus catacumbas: dan ganas de perderse por ese laberinto tratando de encontrar las lujosas pero lúgubres estancias del fantasma.

Otro momento de dramático encanto roto por algo que hoy nos parecería risible: fíjense cuando Erik va a la caza de sus perseguidores yendo bajo el agua… ¡con un esnórquel en la boca!

Lon Chaney nos dejó otra estupenda caracterización. Ojo, decimos “caracterización” porque no se sabe en realidad cómo desempeñó su papel en Londres después de Medianoche, de Tod Browning (1927). La película ha pasado a la lista de malditas debido a que todas sus copias han desaparecido ya sea destruidas o víctimas de los incendios provocados por los inestables fuegos de artificio que debían acompañar la proyección de la película. Lo único que se sabe es que Lon Chaney daba vida a un inspector de policía que, disfrazado de vampiro, trataba de encontrar a los culpables de un asesinato. Así, a bote pronto, no parece que la cosa produzca demasiado miedo pero las imágenes del vampiro de Lon Chaney inquietan hasta tal punto que este personaje se ha convertido en un monstruo clásico (el redactor de este artículo de hecho, tiene una figura de este ser).

Encontrar vídeos con fotografías de la película supuestamente rescatadas de alguna copia es fácil, no obstante. Eso sí, cuenta la leyenda que en algunos locales góticos de Nueva York se proyectan copias en sesiones clandestinas. Si alguien consigue ver una de ellas, que nos avise.

Para finalizar, queríamos mencionar la película alemana Vampyr, de Carl Theodor Dreyer. Data de 1932 y, aunque es sonora, bien se podría decir que sigue siendo muda pues los diálogos son pocos y todo el peso narrativo cae en sugerentes imágenes como la del labriego con la guadaña o la del protagonista teniendo visiones de su funeral. Los aficionados al vampiro clásico quizá no se sientan muy satisfechos con esta película pues el referido no muerto es más una presencia ominosa que un monstruo tangible. También es muy probable que el espectador no sepa si todo es debido a la paranoia del protagonista, a un monstruo  que atormenta a los personajes o a un caso de histeria colectiva provocada por un charlatán.

Tampoco se inquieten mucho si el film les deja un tanto “extrañados”, en la época en la que se estrenó fue tildada de película incomprensible.

Por supuesto hay muchas más películas mudas recomendables. Estas son sólo unas pocas, así que invitamos al lector a que se convierta en espectador e investigue por su cuenta. ¡Nunca se sabe qué joyas nos hemos estado perdiendo!

 

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