Modo día

 

Una encantadora mujer sugestiva y casada, pide ayuda al detective privado y ex-policía Germán Areta, para que investigue el caso de la muerte de Benavides, un hombre muy conocido del que dicen se ha suicidado. La mujer, que era amante de Benavides, está convencida de que ha sido asesinado. El detective Areta irá desentrañando los diversos motivos que puede tener el supuesto asesino, y va elaborando un listado de sospechosos. Con este film, continúa Garci una saga que se inicia con el “El crack” (1981), cuando el personaje principal lo encarnaba Alfredo Landa.

La dirección José Luís Garci es representativa del cine negro, un cine de raíz norteamericana, admirable, justo homenaje a ese «film noir» clásico que sin duda sigue instalado en sus sueños de cinéfilo. Su guión junto a Javier Muñoz es muy meritorio y bien trabado, en una sucesión de secuencias perfectamente encadenadas y con interesantes diálogos. Ambos, dirección y libreto, se bastan y sobran para arrancar una interesante trama en tiempos pasados, cuando en 1975 fallecía Franco, tiempos difíciles, donde el protagonista Areta debe averiguar unos hechos y crímenes que conducirán a otros que finalmente le golpearán de pleno personalmente. Es meritoria la fotografía Luis Ángel Pérez en B&N (cámara que recoge con precisión el ir y venir de los personajes), que realza una obra que es realmente un punto cero, una especie de policial retrospectivo y de nuestra historia reciente. El formato acartonado recuerda mucho al cine USA de los ‘40, pero en el contexto de aquella no tan lejana España que ponía fin a la dictadura. La película se acompaña de diálogos muy depurados e incluso literarios donde se habla de un pasado que se proyecta hacia un porvenir que el protagonista Areta augura mejor y venturoso.

Hasta ahora, la irreparable pérdida de Alfredo Landa había impedido una secuela del personaje Areta, pero hete aquí que Garci acierta al perseverar en su intento, para lo cual ficha como protagonista a un lúcido y espléndido Carlos Santos, que acierta a meterse en la piel del detective Germán Areta con total solvencia, espléndido durante todo el metraje y con una actitud impasible bien enlazada, a la que sigue una interpretación de dominio sobre cada mueca y cada movimiento, rigidez de academia: sobrio, taciturno, rocoso, sensitivo y con los mismos «nikis» ajustados de siempre. El moro está genial encarnado en el gran actor que es Miguel Ángel Muñoz, actor no siempre bien valorado. Pedro Casablanc está que se sale en su rol de abuelo Jefe de policía. Asombrosa y sugerente Patricia Vico como mujer de bandera y de sofisticados perfumes. María Cantuel es Adela, la bonita novia de Areta que además de linda hace un trabajo convincente. Y quiero mencionar el muy breve papel de Cayetana Guillén Cuervo como mujer fatal que sabe y controla mucho del submundo en que se mueve, que está más que mejor. Y así otros actores y actrices muy bien elegidos como Luís Gavanasa, Macarena Gómez, Belén López, Raúl Mérida y Luís Varela que están a gran nivel. De hecho, el reparto es un valor principal del film.

Hay también boxeo, en un planteamiento de relleno; y un personaje muy malo que sirve para mostrarnos que Areta y su ayudante Moro son profesionales de firmes principios. En los diálogos hay elementos de películas antiguas de Garci y sus querencias, por ejemplo asoma el término ‘asignatura pendiente’.

La película es muy de interiores, pero aparecen también escenas urbanas que recrean las avenidas y calles madrileñas de aquellos años, con el parque automovilístico de Seats y Simcas, cuando en España se esperaba la muerte anunciada del Caudillo. Quienes lo vivimos, puedo asegurar que fueron fechas muy importantes marcadas a fuego en nuestros recuerdos, y recordadas en aquellos entonces como cargadas de un emocionante e incierto optimismo.

Película con olor a humedad y naftalina que se mueve con saltos interesantes, con un avezado detective que no cejará en la búsqueda de verdades no muy agradables. Garci recupera la banda sonora que compuso Jesús Gluck para las dos entregas anteriores. En este y otros sentidos, esta obra es parecida al descubrimiento de un fósil en forma muy elaborada, por un Garci añorante, que es el Garci de casi siempre. Nostalgia de épocas pasadas y estilos de cine volatilizados por los nuevos tiempos. El tiempo pasado como un lugar sereno y reasegurador, como al final del film señala uno de los personajes al decir: “en el pasado nadie te da la lata”.

Justamente esta frase tenga quizá la clave del film. “En el pasado…” quiere hablarnos del espíritu nostálgico de un Garci que ha superado los 75 años. No hay que olvidar que el personaje que pronuncia las palabras es el barbero Rocky, en las entregas anteriores de El Crack interpretado por Manuel Lorenzo y que aquí es Luis Varela. Garcí es un hombre del pasado, del cine en blanco y negro de los años ’40 y ’50, los cines de barrio de Madrid, del Hollywood por excelencia, cuando los gánsteres eran auténticos y los besos cerraban la cinta. Así, esta película parece venida de muy atrás, especie de reliquia con fotografía a la antigua, de otra época, con montaje pausado, una obra en las se habla con mucha corrección y que a pesar de su trama intensa y detectivesca, deviene sosiego para el espectador, pues hasta el montaje con sus apacibles sucesiones, y hasta ese brío tranquilo del actual Areta encarnado por Santos, transmiten placidez. Por cierto, Santos está a la altura del Landa de aquellos ‘Cracks’ de antañazo. Creo, pues, que este elemento de lo antiguo y lo añorante, define transversalmente toda la película. Como hecha para los nostálgicos del cine-Garci-Crack de los ochenta… y de antes. Y por eso, por su añoranza y su furor regresivo, estamos ante una película osada, pues nadie más que Garci, con su saber hacer y ese mentalizar el cine, o sea, tenerlo todo en la cabeza, es capaz de triunfar con una cinta añeja ajena a las imposiciones comerciales, muy personal, y que hasta parece darse la vuelta para retornar a su tiempo, a esa época pretérita donde nadie molesta, códigos demodé que incitan tanto a la sorpresa como a cierta ternura y devoción.

Finalmente, yo diría, que en los años ochenta, las dos entregas de “El crack” de Garci sacudieron las pantallas españolas, teniendo mucho que ver en ello, la reconversión actoral de Alfredo Landa que salió y muy mucho de aquel encasillamiento del ‘landismo’. Esta entrega está ambientada en un tiempo anterior de las dos anteriores, que es justamente lo que viene en denominarse una ‘precuela’. De esta forma, nuestro insigne director puede retomar la historia, adelantándose unos años a las películas de Landa, lo cual que podemos ver y admirar a un Germán Areta más joven y un relato que en vez de concluir o cerrar, inaugura la historia. Y nuestro héroe Areta, una vez más, bregando con políticos inmorales, ricos de cuidado y mujeres fatales, para descubrir los misterios a los cuales se debe. Está pensada esta precuela como un proceso de cuadros que recuerdan al teatro, estáticos, en los que los personajes interactúan a base de sarcásticos diálogos ¡Ah! No hay que olvidar ese mundo que ya no existe de las partidas de mus, los ‘dry’ martinis, la colonia Varon Dandy, los Philips Marlowes y la caballerosidad.

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