Modo día

Cuando ya parecía olvidada, los recientes acontecimientos políticos en España han hecho renacer el debate sobre la Ley de Memoria Histórica aprobada por el ejecutivo de Zapatero. Vox se opone frontalmente y tanto el PP (que con Rajoy asumió la norma) como el ahora agonizante partido Ciudadanos han propuesto en los últimos tiempos una «ley de concordia». Sin embargo, la inmensa mayoría de veces se aborda esta cuestión —como tantas otras— desde una óptica puramente ideológica —por tanto, subjetiva, interesada y llena de prejuicios—, y no histórica o historiográfica. Y, como suele ocurrir en la política, asuntos que merecerían serios debates acaban viéndose infantilizados mediante el cruce continuo y exaltado de acusaciones partidistas desde los platós de televisión, alentando las divisiones entre españoles con discursos guerracivilistas a derecha e izquierda. Creemos que el debate sobre la Ley de Memoria Histórica ha de trascender los límites del «politiqueo» y sumergirse en el corazón del mismo, que es la cuestión conceptual. ¿Existe, en verdad, una memoria histórica? Cualquier debate sobre dicha ley es vano sin antes responder a esta pregunta.

Decía el filósofo Gustavo Bueno —y coincidimos con él— que «el concepto de memoria es esencialmente subjetivo, psicológico, individual» y que el oficio del historiador «no consistirá tanto en recuperar la memoria histórica tal cual como en demoler la memoria deformada». A fin de cuentas, el historiador no ha de ser más que un buscador de la verdad, de la verdad histórica. Historia y memoria son, pues, conceptos quasi antagónicos: mientras que la historia es la verdad de lo que ocurrió, la memoria se nutre, en cambio, de los propios recuerdos, habitualmente muy difusos, y fabrica un relato siempre alejado (en mayor o menor medida), de la verdad; la memoria no es más que viejos recuerdos de personas individuales que estarán manchados de las propias opiniones y prejuicios ideológicos —muchas veces inconscientes— y sometidos al paso del tiempo, que llena la memoria de falsos recuerdos, anacronismos, confusiones o lagunas. La memoria, en fin, no puede ser histórica, como tampoco la historia puede ser memorística. ¿Qué sentido tiene, entonces, legislar en base a un concepto absurdo, que constituye prácticamente una contradicción in terminis?

Comprendemos que políticamente sea útil hablar de una memoria histórica, pero pretender con ello crear la imagen de una memoria común o colectiva al conjunto de la nación —de cada uno de los millones de individuos que la componen— no tiene ni pies ni cabeza, porque ni las naciones tienen memoria, ni podrían de ninguna manera transmitirla. Creemos, además, que dicho concepto llega a ser muy peligroso cuando está (como de hecho se halla) en manos de los partidos, pues, por la dinámica propia de las partitocracias, podríamos caer (y hemos caído) en dos gigantescos errores, de los que ya advirtió Jaume Peris: la «trivialización sentimental de los conflictos históricos» y el tomar el testimonio como «núcleo de reivindicación política». Tanto la izquierda política en su conjunto como, desde la derecha, sobre todo el partido Vox, han alimentado lo que Santiago Abascal ha criticado hipócritamente tantas veces: los «viejos odios del pasado». Es trivializar el pasado (y no entenderlo en absoluto) referirse al pacto de los socialistas con Unidas Podemos como Frente Popular. Como es trivializar el pasado tachar a un partido constitucionalista y neoliberal hasta las trancas de fascista o franquista. La reconciliación no pasa por el olvido, pero tampoco por la memoria: pasa por estudiar la historia como fue, con seriedad profesional y sin prejuicios ideológicos, que son sin duda alguna el cáncer de todo historiador.

Ciertamente, es de justicia hacer memoria de las víctimas si con ello entendemos evitar que caigan en el olvido, pero esto no debería en ningún caso implicar faltar a la verdad histórica ciñéndonos al mero recuerdo de determinados testigos. Hay que acudir a los archivos, verificar y contrastar las informaciones. Creemos además que, como proponía Juan Manuel de Prada en un artículo publicado en ABC en 2006 (y de rabiosa actualidad), ese acercamiento al pasado hecho con voluntad de reparación moral ha de realizarse siempre desde una «memoria del perdón» y no desde una «memoria del rencor». Y como el perdón nace siempre de la comprensión, ¡qué necesarios serán, entonces, los historiadores serios que se acerquen al pasado con voluntad de descubrir la verdad, comprendiéndola dentro de su propio contexto histórico! 

Como afirmaba Gustavo Bueno, «la historia es inteligencia» y no memoria, aunque la memoria pueda servir al historiador como fuente de conocimiento. Rogamos, pues, a los políticos que dejen a los historiadores hacer su trabajo y se dediquen ellos al suyo, que de ningún modo es inventar memorias colectivas a gusto de consumidor ideológico para hacer del pasado un arma arrojadiza que puedan tirarse a la cara partido contra partido y español contra español, a fin de arañar un puñado de votos.

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