En la Espa√Īa de hoy ya nadie se cree que unas aulas puedan estar secuestradas. Eso es propio de Dictaduras, de Estados totalitarios donde se proh√≠be el acceso a la cultura y al conocimiento, donde se silencia la palabra y se cuestiona la libertad, donde es la fuerza y la intimidaci√≥n la raz√≥n que se quiere imponer.

La tensi√≥n en las calles catalanas por las protestas contra la sentencia del pro√ßes se traslada ahora a la Universidad. En Catalu√Īa, la Universidad est√° en huelga. Se impide el acceso a las aulas por la fuerza. No son s√≥lo piquetes informativos. Son personas, mayoritariamente j√≥venes, con la cara cubierta, quienes impiden el acceso a la Universidad. A empujones, poniendo barricadas y obst√°culos que impidan la apertura de las puertas.

Los medios de comunicación audiovisuales de telediarios y redes sociales reprodujeron ayer imágenes donde se veía cómo los universitarios catalanes que querían acceder a las aulas de la Universidad Pompeu Fabra,  no pudieron hacerlo.  Unos pocos piquetes pudieron contener a cientos de estudiantes que, indignados, se quejaban de no poder acceder a clase.

‚ÄúLas aulas son de todos‚ÄĚ era el grito de los universitarios dem√≥cratas catalanes que quer√≠an entrar en clase y unos encapuchados se lo imped√≠an. Sorprende esta actitud cobarde a cara tapada y sorprende m√°s la impunidad con que act√ļan esos piquetes. Ni un mosso ha participado para que se recuperase el orden p√ļblico, ni un rector de la Universidad ha hecho volver a la cordura a esos revolucionarios, ninguna de las dos autoridades han mediado para que todos ejercieran sus derechos: los que quer√≠an entrar en clase y los que quer√≠an hacer huelga. Se dio prioridad a lo segundo por miedo y por la inseguridad que pueda producir un altercado violento por los que imponen sus criterios por la fuerza.

No ayuda que los claustros – el √≥rgano m√°s representativo de la comunidad educativa – de algunas universidades, como Girona √≥ Barcelona, hayan flexibilizado las evaluaciones de los alumnos, incluso con una evaluaci√≥n √ļnica para el alumno que lo pida, para los que quieren la huelga y expresar su opini√≥n con manifestaciones en la calle, frente a¬†los que quieren ir a clase y seguir con la normalidad acad√©mica de la Universidad.

A su vez, el Foro de Profesores y Universitarios por la Convivencia (unas 800 personas) han mandado una carta a los rectores de las universidades catalanas para quejarse del posicionamiento p√ļblico de algunos centros en contra de la sentencia del proc√©s manifestando que ‚Äúlas administraciones educativas, en este caso las universidades, no tienen derechos, tienen potestades. La libertad de expresi√≥n es un derecho fundamental que corresponde a las personas. El hecho que una administraci√≥n se exprese en nombre de todos sus miembros implica una evidente agresi√≥n a la libertad ideol√≥gica, protegida por el art√≠culo 16 de la Constituci√≥n‚ÄĚ

Toda esa actitud revolucionaria e independentista se les vuelve cada vez más en contra. Entre el hastío y el cansancio de quienes están hartos de tanto desasosiego, hay un importante dato que destaca entre todo este ajetreo. Hasta ahora se pensaba que los universitarios eran independentistas. Estamos viendo que no es así. Tampoco el personal docente. Incluso son los piquetes los que son minoría porque una mayoría de estudiantes son los que manifiestan que quieren entrar en clase y seguir con la normalidad de la Universidad. Están ganando a la presión secesionista y expresando que ellos también tienen derechos, uno de ellos es el de la formación, y también el de la información. En libertad. Aunque los independentistas parece que se han olvidado de este hermoso derecho de todos, y de respetarlo. Ya ven.

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