Modo día

El siglo pasado, se oyó decir al bonaerense Jorge Luis Borges: “Yo propondría que los políticos no fueran personajes públicos”. El ensayista y poeta argentino no andaba desencaminado en su evidente reflexión. Si le hubiésemos hecho caso, nos habríamos ahorrado comentarios inoportunos como el de la vicesecretaria de acción social del Partido Popular, Isabel García Tejerina. Ingeniera agrónoma y abogada, aunque política de profesión, ha confesado en los desayunos de TVE que: “En Andalucía te dicen, por poner un ejemplo, que lo que sabe un niño de diez años es lo que sabe un niño de ocho años en Castilla y León”; añadiendo más tarde: “Los niños de Castilla y León aventajan en dos años a los niños de Andalucía”. Esta afirmación la ha hecho, además, sin aportar ningún dato a tal aberración y ofensa a la comunidad más poblada del estado español, con 8.409.738 habitantes, por los 2.418.694 habitantes de Castilla y León, comunidad más extensa que la propia Andalucía. Cabría decirle a la señora exministra aquello de “zapatero a tus zapatos”.

 

A estos datos, ya de por sí significativos como para no comparar comunidades autónomas que son muy diversas en origen y esencia, hay que añadir la escalofriante cifra de escolarización. Mientras que el consejero de Educación de Castilla y León, Fernando Rey, declaró el pasado cinco de septiembre que se iba a contar con 350.040 estudiantes en todos los ciclos educativos de su comunidad autónoma, la Junta de Andalucía comunicaba un día antes que iba a llegar a 1.821.532 estudiantes en todos sus centros de enseñanza. Comparar a Castilla y León, una comunidad que destaca por la alarmante cifra de despoblación que acumula lustro tras lustro, con una de las comunidades autónomas de Europa más solidarias en cuanto a acogida de inmigrantes, es un insulto a la inteligencia del telespectador medio que en la mañana del jueves se preparaba para afrontar una lluviosa jornada laboral, o aguardaba la llamada de alguna jugosa oferta laboral, que le hiciera salir de alguna situación precaria en que se pudiera encontrar.

 

Mientras todo esto pasaba, Tejerina ha tejido un tupido velo de mentira arrogante, ya que no se puede juzgar de manera tan sencilla las realidades educativas de dos escenarios absolutamente tan diversos en esencia y en perspectiva. Lo que ha obviado Tejerina, atacando a la tierra que vio nacer a Don Pablo Picasso, es que no está bien eso de calificar a españoles buenos y españoles malos. Pablo Picasso fue, sin lugar a dudas, el mejor pintor del siglo XX, y nunca olvidó sus raíces malacitanas. O Don Diego Velázquez, sevillano, el pintor por excelencia de nuestro siglo de Oro. Al igual que Don Antonio Machado, que vinculaba su infancia a un patio de Sevilla y que decía aquello de “La España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía …”, a la que usted, señora Tejerina, tal vez pertenezca. Don Federico García Lorca, granadino, le diría a usted: “¡Libros! ¡Libros! He aquí una palabra mágica que equivale a decir “amor, amor”, y que debían los pueblos pedir como piden pan”. A veces, leyendo libros es como se aprende. En uno de esos libros puede leer al onubense Juan Ramón Jiménez decirle a usted, vallisoletana de nacimiento, y madrileña de adopción y dietas, que “el hombre urbano es un árbol desarraigado, puede sacar hojas, flores y producir fruta, ¡pero qué nostalgia su hoja, flor y fruta siempre tendrán de la madre tierra!”.

 

Andalucía es un crisol de culturas que ha inspirado, a lo largo de su historia, toneladas y toneladas de libros y ensayos que han hecho al que viene de fuera enamorarse de sus gentes y lugares. No tiene más que darse un vuelta por Ronda, Granada o Córdoba para descubrir lo que los viajeros románticos del XIX inmortalizaron para siempre. Precisamente Córdoba vio a nacer a Don Luis de Góngora, quien le diría a usted, con suma sutileza: “Mal te perdonarán a ti las horas”. Siempre podrá echar mano de Quevedo, ya sabe, por aquello de la nariz… No olvide usted acudir a Cádiz, madre de nuestra primera Constitución, y tierra que vio nacer a Paco de Lucía. Le recomiendo que, por ejemplo, escuche su “Entre dos aguas”, para ver qué clase de arte es capaz de parir esta tierra mágica y de duende, de Camarón y Lola Flores. Rafael Alberti, gaditano universal, le diría a usted, que es de tierra de secano: “Y el mar fue y le dio un nombre, y un apellido al viento, y las nubes un cuerpo, y un alma el fuego. La tierra, nada”.

 

Si nunca ha venido por esta tierra, le sugiero que no deje de visitar la Almería de José Moncada Calvache, y observe en su alcazaba las huellas que dejó la cultura nazarí en toda esta gente que usted desprecia con su comentario embustero y vacío de contenido y razonamiento. Diga “Viva España”, como diría el de Las Norias de Daza, Manolo Escobar, mientras defeca en la granada de su escudo. Dese una vuelta por aquel poema de Miguel Hernández, “Andaluces de Jaén, aceituneros altivos, decidme en el alma: ¿quién, quién levantó los olivos?”. Señora Tejerina, nunca vieron estos ojos hombres y mujeres más trabajadoras, y a la vez felices, que estos andaluces que usted con tan mala fortuna ha tratado. No desprecie usted a esos niños de diez años de los que habla, porque siempre salen adelante, con una sonrisa en la cara, a pesar de las dificultades, y llevan en los genes a todos esos artistas de los que le he hablado, amén del influjo cultural que supone recibir a gentes de infinidad de países que, encantados, eligen Andalucía como destino para vivir feliz. Por algo será.

 

Por último, le remito a un poema de Antonio Machado, que dice así:

 

“Cádiz, salada claridad; Granada,
agua oculta que llora.
Romana y mora, Córdoba callada.
Málaga cantaora.
Almería dorada.
Plateado Jaén. Huelva, la orilla
de las Tres Carabelas…
y Sevilla”.

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