Modo día

Escribo estas líneas cuando quedan exactamente veintitrés días para las elecciones legislativas de mitad de mandato en Estados Unidos. El próximo martes 6 de noviembre en torno a 160 millones de estadounidenses podrán elegir a sus representantes en las dos cámaras del legislativo de su país. Para quien no esté familiarizado con la política del gigante norteamericano (cosa cada vez más difícil, la verdad) le vendrá bien saber que cada dos años se renuevan los 435 escaños que conforman la Cámara de Representantes y un tercio de los 100 que constituyen el Senado gringo (exactamente 35, este año), además del gobierno de múltiples estados (este año serán nada menos que 36 estados, de un total de 50). Por lo tanto, cada cuatro años estas elecciones legislativas coinciden con las presidenciales, pero en otras ocasiones, como ésta, se celebran “en solitario”, justo en el ecuador de un mandato presidencial. Éstas son las llamadas elecciones de mitad de mandato, o mid-term elections. Por motivos obvios, al tener lugar dos años después de las últimas legislativo-presidenciales y dos años antes de las siguientes, las mid-term siempre han sido consideradas un test del buen hacer demostrado hasta entonces por el presidente de turno, un premio a la buena gestión si el partido en el gobierno obtiene buenos resultados, o un aviso de la mala opinión generalizada acerca de lo hecho y dicho en los dos años precedentes si los resultados no son tan buenos.

¿Qué ocurrirá este año? ¿A cuál de los dos tipos de mid-term corresponderán éstas, a las que premian o a las que castigan al partido gobernante? ¿Lograrán los republicanos mantener sus mayorías en sendas cámaras o las perderán frente a los demócratas? No es inhabitual que el resultado de las mid-term sea malo para el partido que está en la Casa Blanca en ese momento, pero también es cierto que esto ocurre más en las elecciones de mitad del segundo mandato que en las del primero. Y en cualquier caso, una cosa es que el resultado sea malo, es decir, que el partido del presidente pierda algunos escaños, y otro que sea un desastre, que el partido pierda el control de ambas cámaras y el ejecutivo (la administración, como lo llaman allí) se vea incapacitado de sacar adelante una sola ley. Esto fue lo que le pasó a Obama, entre otros muchos presidentes, en las legislativas de 2014, las últimas mid-term, y lo que los demócratas esperan que le ocurra a Donald Trump el mes que viene. ¿Será así o los demócratas sueñan despiertos?

Donald Trump y las amistades peligrosas.

Veamos: por un lado es cierto que el escándalo ha envuelto a esta administración desde antes incluso de iniciarse. Las sospechas de que el 45º presidente coludió (por usar el equivalente en español a collude, palabra que con Trump se ha puesto de moda) con los rusos durante la campaña presidencial de 2016 representan una sombra muy amenazante para su continuidad en el poder. Por lo pronto, esta ‘trama rusa’ ya se ha cobrado las cabezas de no menos de veinte colaboradores del presidente y demás altos cargos, aunque la cifra aumenta si se quiere contar también a cargos menores. Pero también es cierto que todas estas sospechas sobre Rusia ya existían antes de su victoria de hace dos años y no le impidieron obtener esa victoria. Claro que entonces sólo eran rumores y ahora es sabido que muchos de los cargos de mayor confianza de Trump tanto en la Casa Blanca como en la campaña electoral (tales como el propio director de la campaña Paul Manafort, el asesor de política exterior Carter Page y el de seguridad nacional Michael Flynn, el secretario de comercio Wilbur Ross y el de Estado Rex Tillerson, o su propio abogado personal Michael Cohen) eran viejos conocidos de Moscú, llevaban años declarándose admiradores de Putin, o guardaban turbios vínculos profesionales o económicos desde hacía tiempo con personas o instituciones muy cercanas al Kremlin. Eso por no hablar de los más que sospechosos contactos mantenidos por algunas de estos nombres (y otros que se han quedado fuera de esa lista, como el propio yernísimo del presidente, Jared Kushner) con representantes diplomáticos rusos, miembros del gobierno de Putin, o incluso con espías del FSB en los meses previos y en las semanas siguientes a las elecciones de 2016. O por no hablar de los viejos vínculos del propio Trump con Rusia, que datan de 1987, o con los que mantuvo con el Deutsche Bank hace diez años, cuando el cataclismo económico de 2008 amenazaba con engullir todo el imperio Trump. Fueron los generosos préstamos de este banco alemán los que acudieron al rescate del magnate neoyorquino, el mismo banco del que luego se ha sabido que durante mucho tiempo se dedicó a blanquear millones de dinero ruso procedente de amigos y colaboradores del Kremlin. Y mejor no decir nada del papel de Wikileaks en esta historia.

Para los simpatizantes de Trump (quizá sea más apropiado decir hinchas) todo obedece a una conspiración de los demócratas en su mal perder y de la putrefacta casta política-periodística-judicial –el odiado establishment prodemócrata– de Washington, ese pozo negro de corrupción, ese nido de víboras profesionales desesperadas por acabar  con el primer auténtico outsider que va a terminar con sus robos y sus malas artes. Por lo tanto, es de suponer que al votante más fiel de Donald Trump esta investigación del FBI sobre la trama rusa le va a importar entre poco y nada a la hora de decidir su voto. Es más: puede que hasta lo reafirme en su entusiasmo por el actual presidente, ya que cada escándalo denunciado por la prensa le parecerá una injusticia más para con el pobre Trump.

Los Trump en Leningrado, en 1987.

Así que teniendo en cuenta esto y que la economía marcha estupendamente, con una tasa de paro inferior al 4% y un crecimiento del PIB que sí supera ese porcentaje, no parece que los demócratas lo tengan muy fácil para transmitir la idea de que la presidencia de Trump está siendo una presidencia fallida o fracasada. Desde luego ellos se las prometen muy felices, se creen que lo tienen hecho, tanto el triunfo sobre Trump ahora como el triunfo de verdad en 2020. No es imposible ni mucho menos que los demócratas consigan un buen resultado el mes que viene, no estamos diciendo eso, pero para todos los que le deseamos esos éxitos al Partido Demócrata esta actitud tan confiada y optimista nos recuerda a la misma que demostraron en la campaña de 2016 y todos sabemos cómo acabó aquello. Es como si el partido no acabara de creerse a Trump, como si dos años después de su dolorosa por inesperada derrota siguieran infravalorándolo como rival, por increíble que parezca. Y eso es un grave error, porque Donald Trump, el constructor multimillonario, el promotor inmobiliario que se especializó en ser una celebrity y durante muchos años no hizo otra cosa que ser una celebrity, ha demostrado un olfato político y una inteligencia estratégica totalmente insospechados.

En primer lugar, el tipo fue lo suficientemente listo (y lo suficientemente desagradable) para jugar desde el principio la carta de lo políticamente incorrecto. Trump sabía que ya sólo por ello, por ser políticamente incorrecto (por no decir ofensivo), se convertiría en un candidato muy atractivo para muchos votantes. Y también sabía que si quería ser el candidato anticorreción política debía serlo desde el primer día de su carrera por la presidencia, así que se dedicó a ello desde aquel lejano 16 de junio de 2015 en que anunció en la torre de Manhattan que lleva su nombre que había decidido presentarse a las primarias del Partido Republicano para las presidenciales del año siguiente. Muchos se rieron entonces de la última extravagancia del viejo Donald Trump, el último capricho de ese niño grande ya casi setentón. Incluso se dijo que el público reunido ese día para aplaudir su anuncio oficial estaba compuesto por nada más que actores contratados para ello.

Los Trump el 16 de junio de 2015, día del anuncio de la candidatura de Donald a las primarias republicanas.

Y en segundo lugar, Trump tuvo el olfato preciso para intuir por dónde podían a ir los tiros en esas elecciones. ¿Cómo podía un candidato tan detestado como él tener la más mínima oportunidad de ganar, cuando todas las encuestas coincidían en situarlo muy por detrás de Hillary Clinton? Pues, entre otras cosas, apostando por un mensaje proteccionista y reivindicativo de la clase trabajadora blanca americana, el proletariado tradicional de EEUU. Mientras que su rival optó por centrarse en la coalición de votantes que Obama puso en marcha (jóvenes, mujeres, negros, hispanos y demás minorías o colectivos progresistas) con un mensaje que a veces incluso parecía de Perogrullo –«Queremos defender nuestros valores más queridos»–, Trump se trabajaba los estados industriales de la región de los grandes lagos del noreste (Indiana, Míchigan, Minnesota, Wisconsin, Ohio, Pennsylvania), sabedor del malestar de buena parte de los votantes de esos estados.

Las apelaciones de Trump a la «mayoría (blanca) silenciosa» resultaron ser un mensaje muy eficaz en campaña: «La mayoría silenciosa está con Trump».

Hablamos de trabajadores de clase media-baja que siempre, o casi siempre, han votado al partido de los trabajadores, el Partido Demócrata, pero que desde finales del siglo pasado, elección tras elección, han ido haciéndolo con bastante menos entusiasmo, ante la desagradable sensación de que los demócratas se han olvidado de ellos, de que el partido de los sindicatos y de los blue-collar workers se ha convertido en el partido de las minorías, del colectivo LGTB, de los inmigrantes latinos y del #MeToo. Y éstas son causas que los votantes trabajadores de estos estados apoyan, o al menos no se oponen a ellas, pero que ciertamente no tienen mucho que ver con ellos y sus preocupaciones. ¿Quién en el Partido Demócrata les ha hablado en los últimos veinte años de la necesidad de traer de vuelta las fábricas trasladadas a países más pobres para abaratar costes? ¿Quién les ha demostrado algo de preocupación ante su angustia acerca del futuro, sobre si sus hijos podrán ganarse la vida en unos estados que pierden industria y población a ojos vista? La respuesta es que nadie ha hecho tal cosa… hasta que ha llegado un tipo al que veían mucho por la tele desde hace años, que seguramente no les gustaba especialmente, pero que al menos ha visitado sus estados –Hillary Clinton no pisó Wisconsin en toda la campaña, por ejemplo, tan confiada estaba– y ha dicho lo que querían oír. Por su parte, desde la presidencia de Bill Clinton –precisamente– los demócratas se han erigido en los abanderados de la globalización, sin caer en la cuenta de que ésta tiene mucho que ver con los problemas de algunos de sus votantes tradicionales, como el citado cierre de empresas en países ricos para trasladarse a otros no tan ricos.

La importancia de este acierto estratégico de Trump (o de este error estratégico de Hillary) es difícilmente menospreciable: si hubiera logrado retener esos estados, Hillary Clinton se habría convertido en la primera mujer presidente de los Estados Unidos. La cuentas salen: habría alcanzado los 270 votos electorales requeridos incluso sin Florida, el premio gordo de todas las elecciones.

Resultado de las elecciones de 2016.

No parece, empero, que estemos ante un cambio de tendencia definitivo. Porque, con todo, Trump ganó en Wisconsin y Pennsylvania por apenas un 0,7% de ventaja sobre Clinton, y en Míchigan por un ridículo 0,2%. Y en Minnesota incluso perdió ante su rival, por un escaso 1,5%, pero perdió. Son unos márgenes tan pobres, que realmente parece que las elecciones en estos estados fueron como lanzar una moneda al aire: podían haber caído de un lado o del otro. Además, mucho más irreversible parecía la fuga de votos de estos estados hacia el Partido Republicano en tiempos de Ronald Reagan, cuando incluso se hablaba de los “demócratas de Reagan”, y lo cierto es que no tardaron en volver al redil azul (el color del Partido Demócrata).

Pero no hay que restarle mérito a Trump, un recién llegado a la política, un outsider, que ha sabido interpretar qué quería su electorado mejor que una veterana como Hillary Clinton. Al hacerles ver a los trabajadores blancos de los estados clave que él no se había olvidado de ellos sólo porque no fueran negros o latinos, el candidato republicano demostró conocer a su país mucho mejor de lo que cabría esperar. Supo ver qué pensaban y qué les preocupaba a esos votantes y adivinó cómo podía ganárselos.

En vista de todo esto, parece aún más clamoroso el error de los demócratas, quienes una vez superado el susto (y el disgusto) de la derrota de hace dos años en cuanto vieron que aquello no era el fin del mundo, ahora parecen volver a menospreciar al bufonesco Trump, y lo que es más preocupante, a escorarse peligrosamente a la izquierda en un país donde los extremismos se penalizan, o se solían penalizar, gravemente. Con su apoyo al #MeToo y a las voces anti Trump más histéricas, el partido corre el riesgo de que el resto de su discurso quede desdibujado y de que una mayoría de votantes lo identifique como una formación too much liberal (aquí diríamos «demasiado progre»). El problema con todo esto es que cada vez que los demócratas se han inclinado demasiado a la izquierda han resultado barridos del mapa, como les ocurrió en 1972 con George McGovern, en quien muchos estadounidenses vieron un extremista (obtuvo 17 votos electorales, 17 de 538), en 1984 con Walter Mondale (13 votos), y otra vez en 1988 con Michael Dukakis (111 votos que dejan claro que a los demócratas les cuesta bastante aprender de sus errores). Y, es más, hoy por hoy tampoco parece que la plataforma demócrata tenga pensado incluir un giro más industrialista en su programa electoral pensado para los estados de los que hemos hablado.

Repetimos que es imposible saber qué ocurrirá dentro de 23 días en las mid-term, y no digamos dentro de 751 en las presidenciales. Lo que no es imposible es que los demócratas obtengan un buen resultado, al menos en una de las dos cámaras, pero al contrario de lo que muchos parecen pensar, tampoco es imposible que Trump los vuelva a sorprender desagradablemente. Lo único que nos parece claro es que, sin ser un candidato formidable, ni mucho menos, Trump sí ha demostrado ser un rival a tener en cuenta, con la vista suficiente para saber qué le conviene decir (dejando a un lado insultos, exabruptos y demás barbaridades) y a quién debe decírselo. Y eso, en unas elecciones, a veces es bastante.

 

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