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Se cumplen 526 años del descubrimiento de América o, más exactamente, se cumplen 526 años del desembarco de Colón y su tripulación en la isla de Guanahani, Bahamas, primer emblema del vasto proceso histórico-político que llamamos descubrimiento y conquista de América. Una fecha, el 12 de octubre, que tradicionalmente había sido el día de la Hispanidad y que, a partir de los años 80, con la entrada en vigor de la actual Constitución, pasó a ser además la fecha de la Fiesta Nacional de España. Esta asociación es, entre otras cosas, síntoma de un problema que rebasa ampliamente las meras coyunturas políticas o calendáricas: parece que el llamado descubrimiento de América y la comunidad de habla y de cultura resultante de ella, la Hispanidad, tienen con la propia constitución de España como nación política una conexión profunda, y no meramente fortuita o accidental, que lleva a entrelazar ambos procesos históricos en una sola fecha: el 12 de octubre. Es el fundamento y la historia de este entrelazamiento lo que vamos a tratar de esclarecer aquí, a la luz del problema del descubrimiento de América.

Porque, ¿qué es América? La convención historiográfica acepta generalmente el descubrimiento de América como un hecho histórico-universal llevado a cabo por los españoles (a veces, por los europeos) con el que se cerraría, al menos simbólicamente, la Edad Media y daría comienzo la Modernidad y el capitalismo. Pero estas constataciones historiográficas realmente oscurecen más de lo que aclaran, porque dan por presupuestas las ideas de América, España y, no menos importante, la idea de descubrimiento. La idea de descubrimiento supone la preexistencia de aquello que se descubre: se trata de un desvelamiento, de un desocultamiento (quienes afirman, muchas veces de forma inconsciente, la tesis del descubrimiento de América, manejan una idea de verdad como aletheia, que significa desvelamiento en griego). ¿Estaba América escondida y los españoles la encontraron? Parece ser que no: ni los indígenas americanos ni los eventuales descubridores islandeses medievales (en la Saga de Erik el Rojo se atestigua que los vikingos recalaban con frecuencia en la costa americana) tenían idea de que aquello era América, sin perjuicio de que pudieran vivir en ella.

Aparentemente, la idea de América está íntimamente ligada a la idea de verdad; se trata, diríamos, de algo mucho más amplio que un simple problema histórico o político-ideológico: es un problema que compete a la teoría de la ciencia. La idea de descubrimiento se opone, o se complementa, con la idea de invento. Late en el fondo de esta distinción la que el filósofo de la ciencia Hans Reichenbach hiciera a principios del siglo XX entre “contextos de descubrimiento” y “contextos de justificación”. De esta forma, la casual comprobación en 1928 por parte de Alexander Fleming de unos hongos que habían matado su cultivo de bacterias Staphylococcus se ha entendido como un descubrimiento, como la constatación de algo que de hecho ya ocurría. Pero lo cierto es que los auténticos descubrimientos tienen tanto de descubrimiento como de invento, porque el “descubrimiento” de Fleming hubiera sido irrelevante si Charles Thom no hubiera identificado esos hongos como Penicilllium notatum y si más tarde Cecil George Paine y Howard Walter Florey no hubieran descrito los mecanismos bioquímicos por los que la penicilina podía tener un inmenso potencial médico (diríamos, sin un “contexto de justificación” que explicara el descubrimiento). La penicilina, lo mismo que América, es tanto un descubrimiento como un invento, porque todo descubrimiento que no resulta redundante constituye algo que previamente no existía: solamente desde la perspectiva del “contexto de justificación” puede hablarse de “descubrimiento” en sentido estricto, un descubrimiento que no descubre, sino que constituye. Antes del “descubrimiento” de la penicilina no había penicilina, igual que antes del “descubrimiento” de América no había América: es el proceso que el sociólogo de la ciencia Bruno Latour trató de recoger con su idea de “causalidad retrospectiva” y lo que, con más refinamiento, el filósofo Gustavo Bueno Martínez denominó “descubrimiento constitutivo”.

América está, según esto, más cerca del invento que del descubrimiento. En la época no se tenía conciencia de esta dualidad porque invención equivalía, en una de sus acepciones, a hallazgo: no hay que olvidar que la primera crónica escrita en español sobre la conquista de América es la obra de Hernán Pérez de Oliva titulada Historia de la invención de las Yndias (escrita en el primer tercio del siglo XVI). Ya en el siglo XX, uno de los grandes hitos historiográficos sobre el “descubrimiento de América” lo constituye el famoso libro del mexicano Edmundo O´Gorman, La invención de América (1958). Un término, “invención”, que muchas veces se entiende sin demasiado fundamento como sinónimo de algo artificioso, de invención arbitraria o gratuita. Así lo entienden algunos críticos afectos al poscolonialismo, como Iris M. Zavala en su más reciente compilación Discursos sobre la “invención” de América (1992). Pero no hay motivo alguno, creemos nosotros, para encontrar algún sentido despectivo o algún carácter necesariamente gratuito en la idea de invención: nada de gratuito o de despectivo hay en la invención de la penicilina. El problema de la “invención” es otro: que parece que sale de la nada, que sugiere una creación ex nihilo. Y es que América no es tampoco, en sentido estricto, una invención: porque América presupone muchas otras cosas, entre ellas una fundamental, que es la teoría esférica de la Tierra. Por eso la circunnavegación de la Tierra por parte de Magallanes y Elcano es el corolario natural del descubrimiento de América: la totalización de la esfera terrestre. Esta totalización ya había sido postulada, como bien es sabido, por los griegos (Eratóstenes y Posidonio), y la tradición que recogería Ptolomeo había dado unas mediciones sobre el perímetro de la Tierra que se revelarían muy ajustadas a las medidas reales de nuestro planeta. Pero la teoría de la esfera no dejó de ser una mera teoría, una hipótesis, hasta que el descubrimiento o la invención de América permitió su realización efectiva.

Y la realización de la teoría de la Tierra esférica es lo que hizo de América no un mero tropezón en el camino de unos comerciantes, sino un auténtico descubrimiento constitutivo que terminaba de totalizar la superficie terrestre. El “contexto de descubrimiento” de Colón, que no quiso creer nunca, como todo el mundo sabe, que había llegado a un Nuevo Mundo, se refrenda en el “contexto de justificación” que supone la cartografía de la época: corresponde a Juan de la Cosa, y más tarde a Américo Vespucio, en cuyo honor fue bautizado el nuevo continente, la primera representación cartográfica de América y de su puesto en la esfera terrestre. Este hecho pone en ridículo las pretensiones de quienes, como Roberto Fernández Retamar o Arturo Andrés Roig (entre otros muchos), han divulgado la imagen del descubrimiento de América como un “encuentro entre culturas”, obviando que se trata de un acontecimiento vectorial, que de ninguna manera podría haber sucedido en el sentido opuesto (porque los mayas, cuya astronomía precientífica ha sido mitificada en exceso, no tenían noción de la esfericidad de la Tierra). La constitución de América, que se hizo desde el Viejo Mundo, presupone, en efecto, la ciencia y la filosofía griegas, toda la tradición de pensamiento antiguo y medieval que culmina precisamente el 12 de octubre de 1492. Porque es el descubrimiento constitutivo de América y la constatación de que hay hombres que han estado apartados de Occidente, hombres por tanto sin evangelizar, lo que propiamente dinamita el pensamiento clásico y nos pone en las puertas de la Modernidad: el rompimiento de la idea de Humanidad.

¿Qué tiene que ver, en definitiva, la constitución nacional de España con todo esto? Da la impresión de que el descubrimiento de América es poco más que una gesta pasada de nuestra historia y que acudir a ella ahora puede resultar anacrónico, acaso meramente ideológico. Pero nada más lejos: la asociación del Día de la Hispanidad con el Día de la Nación Española no es en absoluto accidental. Porque España inventó América, pero recíprocamente América inventó España. La constitución de España como nación política con la Constitución de Cádiz de 1812 (que iba dirigida, como se lee en su artículo primero, “a los españoles de ambos hemisferios”) es un hecho histórico que no se puede disociar de los procesos que, sucesivamente a partir de esa fecha, empiezan a ocurrir en Hispanoamérica: las emancipaciones. A partir de esa fecha, España se constituirá como un pedazo más, y no precisamente el más importante, de un naufragio histórico, el del imperio que había sido durante varios siglos, y cuyos restos flotantes constituyen desde entonces eso que hoy conocemos y celebramos como Hispanidad.

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