Modo día

Nuestro colaborador, Enrique Fernández Lopez hace una crítica a la película “Colette” (2018):

Recuerdo de niño haber leído algunas de novelas de Colette en la biblioteca de mi casa. Las adquiría mi madre, gran lectora. Sidonie-Gabrielle Colette (1873-1954) fue, además de novelista, periodista, guionista, libretista e incluso artista en revistas y en el cabaret, en Francia. Su fama le vino por su novela “Gigi”, que fue trasladada a la pantalla por Vicente Minelli en 1954, con Leslie Caron y Maurice Chevalier como protagonistas. Llegó a presidir la Academia Goncourt entre 1949 y 1954; y le sería concedida, entre otras, la Legión de Honor francesa.

Pero como cuenta esta película, la vida de Colette no fue fácil, entre otras cosas por su desdichado matrimonio con Henry Gautheir-Villas “Willy”, que actuaba a modo de mentor y hombre sin escrúpulos que firmaba las obras de su esposa, se enriquecía y además la engañaba con otras mujeres. Pero Colette, con el tiempo y el consejo de su madre, supo quitarse el yugo del pérfido caradura Willy y continuar en solitario la vida, en la que alternó el arte escénico y la literatura, muy alentada por el famoso escritor Georges Simenon. Todo ello tras hacer pública su bisexualidad y un talante muy avanzado para su época. En su agitada vida sentimental, Colette reivindicó los derechos sexuales, a la vez que alzó su voz de mujer sobre el poder del hombre, todo lo cual constituye el eje de su obra. O sea, nadaba contra corriente.

La película es una biografía de la Colette joven (Keira Knightley), autora de obras polémicas que causaron escándalo en el París de los años 20 como “Claudine” y la ya mencionada “Gigi”. La cinta narra desde su infancia en el campo, pasando por su consagración en la sociedad parisina junto a su marido Willy (Dominic West), hasta su independencia plena tras la separación. Este fue el punto en el cual Colette se empodera de su vida y de su obra literaria.

El director Wash Westmoreland consigue meritoriamente, sortear esa especie de ‘evidencia biopic’, reconstruyendo con tacto visual el entorno de la conocida novelista en un universo festivo, un contexto ‘ad initium’ desprejuiciado y entretenido de aquel París de la ‘belle epoque’. Plasma el espíritu rebelde de la autora, lo cual que Westmoreland consigue una especie de alegoría psicológicamente rica, excelente descripción contextual y disposición para que el espectador haga una lectura no maniquea, por encima de lo que podría temerse en un biopic. Una película que sin ser mayúscula merece reconocimiento; incluso su academicismo, actuaciones, banda sonora y otros aspectos técnicos son merecedores de elogio.


El director Wash Westmoreland consigue meritoriamente, sortear esa especie de ‘evidencia biopic’, reconstruyendo con tacto visual el entorno de la conocida novelista en un universo festivo


 

Tiene el film un guion de Westmoreland coescrito junto al malogrado Richard Glatzer y Rebecca Lenkiewicz, que deviene historia de independencia creativa, centrada en los primeros pinitos literarios de la Colette. Junto a este comienzo literario, las tensiones dentro de su espantoso matrimonio con Henry Gauthier-Villars, un vividor que la utilizó en todo sentido.

Excelente la música del compositor de ópera británico Thomas Adès, que resulta un activo principal del film, uno de los valores principales de la película. La partitura fue escrita expresamente para la pantalla por Adès, con su ágil piano y el trabajo de cuerdas que lo acompaña. Muy buena la fotografía Giles Nuttgens. Unido a ello una exquisita puesta en escena, vestuario incluido.

En el reparto, el vértice principal recae sobre Keira Knightley, que encarna con naturalidad a la novelista, que es presentada como personaje tierno, a la vez entraña una Colette paradigma de emancipación femenina; la Knightley transmite la fragilidad, la osadía y la malevolencia que el personaje exige y además, lo mejor de su belleza cérea marcada por el impulso eros. Dominic West, con verismo y oficio actoral del bueno, encarna a un Willy funesto y egoísta que resulta tan creíble, que se hace odioso al espectador. Acompañan de manera muy meritoria actores y actrices como Denise Gough o Fiona Shaw.

Aunque la película no profundiza en la literatura de Colette, sí lo hace en la época que le tocó vivir y sus circunstancias muchas veces adversas. Pero sobre todo se centra en la figura de una mujer que representó un mensaje nuevo de manumisión y liberación. O sea, un biopic más centrado en el perfil personal e ideológico de la protagonista que en su vertiente artística. Hay que tener en cuenta que Colette escandalizó a la sociedad de su momento por su explícita bisexualidad y las inusuales relaciones que mantuvo, tanto con su esposo, como con una aristócrata lesbiana u otros hombres y mujeres, a lo largo de su vida.

 

En suma, película melodramática bien intencionada de una Colette controvertida cuyo modo y actitudes rompedores son abordados de manera retrospectiva, envueltos en un ropaje cinematográfico clasicista y digno. Además, con la perspectiva que ofrece, no escapa al buen espectador que con el ingenio de la protagonista y su modernidad de amplio espectro, se adelantó con su obra literaria, sus hábitos sexuales y el amor, por delante del contexto histórico que le tocó vivir. Incluso podría decirse que fue avanzadilla del actual #Me too.

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