Modo día

Se ha cumplido este pasado mes de agosto una década desde que la plataforma Filmin, siempre atenta a las iniciativas cinéfilas y a dar cobertura a todo tipo de eventos relacionados con la cinematografía, se inventó un muy atractivo festival online, denominándolo Atlántida Film Fest, que asimismo ha tenido en los últimos años una sede física en Palma de Mallorca, con proyecciones y coloquios, y que en Filmin ha permitido disfrutar online de una interesante y ecléctica -en género, estilos, formatos, temáticas…- selección de cine, fundamentalmente europeo y de autor.

En esta recientemente finalizada 10a edición, tan redonda cifra ha propiciado que la organización del certamen hay aumentado la oferta, que ha constado de más de cien títulos, disponibles a lo largo de un mes. Estas son algunas de las obras que han destacado:

Adoration (Fabrice Du Welz, Bélgica)

Funciona muy bien esta curiosa película belga como fábula de aventuras juveniles, impregnada de un peculiar realismo mágico, el cual justifica en parte ciertas incongruencias argumentales que en ocasiones amagan con hacer desconectar al espectador, y que a medida que avanza la trama no siempre sabe el guion resolver adecuadamente.

En cualquier caso, se trata de una obra que merece verse por la calidad de sus imágenes y por la buena conexión que demuestran sus dos jovencísimos protagonistas (el chico es el niño de la destacable película francesa de hace dos temporadas ‘Custodia compartida’, en la cual ya llamó la atención), quienes protagonizan una muy peculiar historia de fuga a través del bosque, en la que tendrán cabida la amistad, la perplejidad, el romance o el sexo primerizo. Tan irregular e imperfecta como potente y atractiva.

I Was, I Am, I Will Be (Ilker Çatak, Alemania)

No sólo tiene una muy buena historia dentro este drama alemán sino que también sabe desarrollarla inteligentemente hasta el final. Muy bien contada en tres etapas y con un buen detalle -y plano- concluyente.

La historia de la piloto alemana de turismo por Turquía y el solitario kurdo que acaba trabajando inesperadamente de gigoló, y que aspira ansiosamente a viajar a Europa, emociona y convence por la empatía que muestra entre ambos personajes, cuyas reticencias culturales iniciales no impiden el altruismo, en todo caso, y que derivarán en una relación de lo más especial. A esto ayuda que el trabajo de ambos protagonistas es excelente.

Those Who Remained (Barnabás Tóth, Hungría)

Se trata de una historia sencilla, quizá algo limitada argumentalmente, pero que sabe transmitir muy bien la bonita historia que narra. Y lo hace con estilo clásico y académico en su dirección, sin virguerías, a la antigua usanza, pero no por ello fríamente, ya que esta historia de un amor sutil y callado, no explicitado por quienes lo sienten debido a las varias circunstancias, y ambientado en la convulsa y devastada Hungría (y Europa, por extensión) tras la II Guerra Mundial, está contada con extrema sensibilidad y delicadeza.

Cuidado con los niños (Dag Johan Haugerud, Nieruega)

Se aborda en esta película el conflicto que se produce en una comunidad educativa tras un incidente con trágico resultado entre dos de los alumnos. Y lo hace de manera compleja, adulta, seria… pero también excesivamente discursiva y con metraje de más. Prácticamente sólo vemos a los diferentes personajes involucrados en el colegio, y algunos de sus familiares, parlamentando entre ellos -con múltiples combinaciones- las posibles consecuencias del trágico asunto, así como sus implicaciones legales y morales (y hasta políticas, pues ambos niños son hijos de destacados políticos; laboralista y de la derecha, respectivamente). Y esto acaba pesando y siendo reiterativo, por bien abordado que esté -que lo está- y aunque se beneficie de una buena labor de los intérpretes.

Charter (Amanda Kernell, Suecia)

La directora Amanda Kernell ofrece aquí un buen y potente drama familiar, en el que una mujer divorciada tomará una drástica decisión con tal de poder ver a sus hijos y pasar un tiempo con ellos. Todo está muy bien planteado, la tensión de las situaciones está muy bien dosificada y los intérpretes principales hacen un solvente trabajo que ayuda a entender la complejidad de la historia, contada sin maniqueísmo y en la que caben muchos matices en el comportamiento de los personajes. El peso de las responsabilidades familiares, el (des)equilibrio mental o el amor incondicional no son aspectos incompatibles en este inteligente drama.

Sympathy for the Devil (Guillaume de Fontenay, Francia)

Sería interesante saber la opinión de Arturo Pérez Reverte sobre esta película, ya que la acción se sitúa en una guerra que -seguro que a pesar suyo- conoce bien, al haberla cubierto informativamente como corresponsal de Televisión Española. Y en la que, además, los protagonistas son reporteros y fotoperiodistas de guerra.

Se le puede poner la pega de que carece de un gran armazón argumental, y que este palidece frente a los valores por los que destaca el film, que son fundamentalmente de producción, con una muy creíble y conseguida escenografía y ambientación en aquella guerra noventera que acabó con Yugoslavia como estado unificado.

Scandinavian Silence (Martti Helde, Estonia)

Es una lástima que, contando con un planteamiento visual tan fascinante -incluso subyugante-, el autor de esta película estonia no renuncie a la artificiosidad que también la película transmite, mientras nos embelesa con esos bellísimos planos aéreos cenitales en ese tan frío como hermoso paisaje nevado.

En todo caso, su estructura narrativa, pese a la que la mencionada artificiosidad tiene mucho que ver con ella (principalmente por el asunto de los diál… monólogos), es ciertamente curiosa y eso le da puntos a una obra que, pese a sus aspectos discutibles y a que exige tener paciencia con ella, merece descubrirse.

Play (Anthony Marciano, Francia)

No abundan las comedias en la selección habitual de este festival. La francesa ‘Play’ lo es, aunque de manera relativa y particular, ya que no es de esas que lo son porque pretenden hacer gracia, sino porque su contenido transmite alegría, frescura y buen rollo, debido a que el metraje consiste íntegramente en una simulación con actores de grabaciones caseras con momentos de la vida del protagonista, Max, desde que a sus trece años le regalaran en navidades una cámara de vídeo. De las noventeras, ya que en esa época empieza el (auto)registro de su vida en vídeo. Los instantes agradables y divertidos entre amigos, claro, y de ahí el tono de comedia, ya que no se graban en vídeo las desgracias o los malos momentos, aunque algún amago hay de eso, de manera algo forzada por lo poco creíble, como digo, que es documentar con una cámara ciertos momentos vitales.

Es fresca, muy agradable de ver y certera en su retrato de la adolescencia, la pandilla de amigos y la primera juventud. Y está muy bien producida, al trabajar con intérpretes un material que se tiene que pretender hacer pasar por “metraje encontrado”, y a lo largo de veinticinco años. Una de las propuestas más refrescantes de la edición de este año.

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