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El próximo 25 de julio comenzará uno de los festivales más importantes, más polémicos y más ansiados por los aficionados a la ópera, el festival de Bayreuth. Sí, ese que todos conocemos por estar exclusivamente dedicado a la figura de Wagner  y por ser el festival predilecto de cierto personaje histórico con ridículo bigote, maneras psicóticas y delirios de grandeza.

Bayreuth es conocido también por sus problemas, casi por su maldición. Este año, sin ir más lejos, el festival comenzará antes de tiempo; algo que ha provocado la baja del  tenor Roberto Alagna, superado por la responsabilidad de interpretar Lohengrin pues no se había aprendido nada más que la mitad del libreto y, para más inri, nunca había cantado en alemán.  El problema, afortunadamente ya ha sido solucionado. De hecho es uno de los menos graves que ha tenido el festival, que nació con numerosas dificultades.

Pongámonos en situación: estamos en 1871 y las relaciones de Richard Wagner con su mecenas, Luis II de Baviera no están en su mejor momento: recordemos que el rey había adquirido los derechos de las obras de Wagner, así que el monarca podía hacer con la música del autor lo que quisiera. Richard había dejado de tener libertad sobre su obra y eso suponía no ganarse la vida como él quería ni poder organizar un festival a su gusto en Múnich.

Decidió liarse la manta a la cabeza y se marchó dispuesto a encontrar un lugar en el que pudiera crear un espectáculo digno, que pudiera dirigir a su gusto y que le deparara  numerosos beneficios dada su creciente fama. Pero, ¿dónde hacerlo sin que la sombra de Luis II estuviera presente?

Afortunadamente el director de orquesta y buen amigo del compositor, Hans Richter, conocía una pequeña ciudad bávara llamada Bayreuth que convenía perfectamente a Wagner por tres razones: estaba en una región donde no regía la venta de los derechos del compositor; tenía un coqueto pero bien construido teatro; y, lo más importante, no tenía ningún festival musical de importancia, ninguno que pudiese hacer sombra a los grandes proyectos de Wagner.

El compositor quedó maravillado con la ciudad (y con sus ventajas sobre los derechos de autor) pero no le gustó el teatro: era demasiado pequeño para  acoger la grandiosidad de sus obras. Decidió acometer una reforma pero, claro, no tenía dinero para hacerlo.

¿Qué hizo? Fomentar la creación de las primeras “sociedades wagnerianas” e iniciar una campaña para recaudar fondos con el fin de que el teatro de Bayreuth luciera con el esplendor que las óperas necesitaban. Sin embargo, ya sabemos cómo es pedir dinero a amigos y familiares, no recaudó el dinero necesario. Sólo quedaba hacer las paces con el antiguo mecenas. Luis aceptó, suponemos que debido a que ya no tenía un artista con quien hablar sobre lo divino, lo humano y lo épico.

Así pues Bayreuth comenzó su andadura en 1876 en un estreno al que no faltaron personalidades como el káiser Guillermo II; Pedro II,  emperador de Brasil; el filósofo Friedich Nietzsche; o músicos como Piotr Chaikovsky y Franz Listz.

El festival rápidamente obtuvo prestigio, pero se volvió conservador. Nadie quería apartarse de la ortodoxia implantada por el fuerte carácter de Wagner aun después de varios años después de su muerte. Sin embargo el cambio llegaría por parte de unos seguidores bastante peligrosos.

Hacia 1920 la viuda del hijo del compositor y organizadora del festival, Winifred Wagner, comenzó a frecuentar la compañía de un tal Adolf Hitler, megafan del compositor metido a político.  Este influyó en la dirección del festival, al que consideraba un tanto añejo, y propuso la modernización de los montajes o hacer las representaciones más “digeribles” sin tener que cumplir con toda la duración de las obras. Winifred aceptó, pero había vendido su alma al diablo pues durante los años del Tercer Reich la organización y dirección del festival pasaría a manos del partido nacionalsocialista.

Tras la Segunda Guerra Mundial no faltaron voces que abogaron por la supresión del festival, pero en 1951 se adoptó la solución salomónica de apartar definitivamente a Winifred Wagner  y dar la dirección compartida a sus dos hijos, Wolfgang y Wieland, en lo que se llamaría “Nuevo Bayreuth”. Irónicamente el festival estuvo a punto de desaparecer debido a los montajes demasiado vanguardistas y muy desligados de la tradición germánica. Lo que años atrás había sido exceso ahora era defecto y no convencía a nadie.

El festival atravesó una nueva crisis hasta 1973, cuando la familia Wagner decidió apartarse –al menos de cara a la galería- de la dirección y dejar todo en manos de la Fundación Richard Wagner, que decidió dejar en el cargo a Wolfgang pero también incluir en su dirección a miembros del gobierno bávaro.

Wolfgang estaría en su puesto hasta 2008; y ,en un digno giro wagneriano, comenzaría otra lucha de poder, esta vez entre sus hijas, Katharina y Eva. El Ministerio de cultura tomaría la decisión de hacer a las dos codirectoras. Eva abandonaría la dirección en 2015, conviertiéndose en asesora y dejando a Katharina al frente del festival con su sangre nueva. Aclaramos que Katharina nació en 1978 y Eva en 1945.

Como ven la historia del festival podría dar para una buena serie: arte, negocios, envidia, traición familiar. Aunque Richard Wagner muy probablemente no aplaudiría precisamente la gestión de sus sucesores lo cierto es que nosotros vemos terriblemente adecuado el cariz operístico  de sus bambalinas. Riánse de Mozart in the jungle.

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