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Orígenes

El primero de noviembre del año 1700 se vio en Madrid brillar al planeta Venus junto al Sol, lo cual se consideró un milagro. En una cama del Real Alcázar de Madrid, un rey enfermo fallecía a los 38 años. Víctima de varias enfermedades degenerativas, que le dejaron en este estado, según el parte médico: “no tenía ni una sola gota de sangre, el corazón apareció del tamaño de un grano de pimienta, los pulmones corroídos, los intestinos putrefactos y gangrenados, tenía un solo testículo negro como el carbón y la cabeza llena de agua”. Le llamaban “El Hechizado”, por su deplorable estado físico, consecuencia del síndrome de Klinefelter que sufría. Fue el último rey de los Habsburgo. Su nombre, Carlos II.

 

Unos días más tarde, uno de los peores capítulos de la historia de España tuvo lugar. El rey dejó en testamento que un francés, de la casa de los Borbones, fuera su heredero: Felipe V. Sin embargo, la reina, Mariana de Neoroburgo, postuló a su sobrino, el archiduque Carlos de Austria. Siendo España una gran potencia mundial, con innumerables territorios en los Países Bajos, así como Italia y las Américas, varias potencias europeas quisieron aprovecharse del problema de Sucesión en España. A Inglaterra y los Países Bajos no les pareció bien que un rey francés fuera el rey de España, por lo que le declararon la guerra al Borbón, apoyando al archiduque Carlos.

 

La guerra fue larga, desde los inicios de 1701 hasta la rendición de Mallorca en 1715. Además, fue cruel, con batallas memorables como la de Almansa o la del 11 de septiembre de 1714 (origen de la Diada de Cataluña). Aquella bochornosa guerra, oportunista para los países carroñeros europeos que vieron una oportunidad para sacar tajada en tierra hispana, fueron desastrosas para el futuro de España. Más de trescientos años después, todavía siguen coleando algunos temas que no se dejaron bien resueltos en aquel momento: Cataluña y Gibraltar.

 

Sobre la primera, mucho se ha escrito en el pasado reciente, por lo que vamos a centrar este ensayo en la olvidada Gibraltar. La mañana del primero de agosto de 1704, el gobernador militar de Gibraltar, Don Diego de Salinas, estaba dispuesto a todo por defender la plaza de los 1.500 cañones y los 10.000 hombres británicos y holandeses que sitiaron el lugar. El apoyo de 350 soldados catalanes en la conquista que se llevó a cabo ese mismo día no es más que una macabra ironía del destino. Como en la mayoría de las conquistas de la Edad Media y épocas posteriores, se sitió y asfixió a la población, que huyó a las poblaciones cercanas del Campo de Gibraltar.

 

Tratado de Utrecht: Artículo X

Lo que, en aquel momento, pudo considerarse una batalla más, fue el inicio de una ocupación inglesa que ya dura la friolera de 314 años. Casi nueve años después, ya avanzada la guerra, y vislumbrando su final, se firmó el Tratado de Utrecht, en donde en su artículo 10, España cedía a Gran Bretaña  “la plena y entera propiedad de la ciudad y castillos de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortalezas que le pertenecen”. Pero añadía el artículo X, en su último párrafo, una aclaración premonitoria: “Si en algún tiempo a la Corona de la Gran Bretaña le pareciere conveniente dar, vender, enajenar de cualquier modo la propiedad de la dicha Ciudad de Gibraltar, se ha convenido y concordado por este Tratado que se dará a la Corona de España la primera acción antes que a otros para redimirla”.

 

Gibraltar sufrió un segundo asedio en 1727 y un tercero, llamado “Gran Asedio”, entre 1779 y 1783, coincidiendo con la Guerra de Independencia de los Estados Unidos. En ambos salió victoriosa la corona de Inglaterra, que ya no sufriría más asedios. No fue hasta la Dictadura de Franco cuando el tema volvió otra vez al candelero. Aprovechando que las colonias se estaban descolonizando, España pidió para sí el retorno de Gibraltar, obrando con maestría el gobierno británico, haciendo un referéndum en el Peñón y creando una Constitución propia, dándole estatus de estado, pero siendo bajo jurisdicción británica, enfureciendo al general Franco, que cerró la valla, y aisló a Gibraltar por tierra, mar y aire. Este nuevo sitio duró hasta el 5 de febrero de 1985, cuando el gobierno socialista de Felipe González normalizó la circulación por la verja, obligado por su inminente entrada en la Comunidad Económica Europea. La acción hizo crecer alarmantemente la economía de Gibraltar, que estando libre de pagar impuestos, la hizo destino idóneo para las casas de apuestas, la venta de tabaco, alcohol y otras fuentes de riqueza dudosas. La realidad es que Gibraltar es uno de los lugares más ricos del planeta a costa de la pobreza en que vive el Campo de Gibraltar, comarca en la que están enclavadas Algeciras, La Línea, San Roque o Los Barrios.

 

Los verdaderos héroes: abogados del estado y funcionarios españoles

Todo este compendio de historias es lo que hizo mantener alerta a los abogados del estado español, que informaron al gobierno de Mariano Rajoy cuando surgió el dilema del Brexit, de todo el historial que llevábamos con Gibraltar. El gobierno de Pedro Sánchez, como él ha reconocido en rueda de prensa en Bruselas, no ha hecho más que dejar hacer a los mismos actores que venían trabajando con el asunto desde hace varios meses. El resultado ha sido el de clarificar aquel artículo X del Tratado de Utrecht de 1713, donde la Corona de España tiene la primera opción sobre cualquier asunto que acontezca en Gibraltar, después de Gran Bretaña.

 

Es por eso que un asunto de tanta solera, donde se han visto implicados, a lo largo de los años, algunos de los mejores personajes históricos de los últimos 300 años, le ha venido grande a gente que pasaba por allí, como Rajoy, Sánchez o Theresa May. Ninguno de ellos tiene altura política, carisma ni cultura para haber visto venir el asunto de Gibraltar. Altura que sí han demostrado nuestros funcionarios públicos, que han desempolvado la teoría aprehendida, para defender lo que la ley y viejos tratados pusieron de manifiesto. Dudo mucho que Rajoy supiera la historia (hasta donde yo sé, no hay columnas de historia en el Marca). Discrepo de que en el Falcon le suministren magazines de historia al Doctor Sánchez. Y me niego a creer que la Señora May estudiara en el colegio o la facultad nada concerniente a un peñón al sur de las Españas. Es por ello que todo mi reconocimiento a esos grandes profesionales que son los abogados del estado español, así como los funcionarios de los asuntos exteriores de España, que han velado por nuestros intereses de una manera muy profesional, a pesar de la baja calidad de nuestros políticos, que andan inmiscuidos en asuntos que no pasarán a la historia, como el escupitajo a Borrell, el viaje a Cuba, la campaña electoral en Andalucía o el golpe de estado en Cataluña. Ellos sí merecen un hueco en la historia, para un asunto de tanta envergadura como el asunto de Gibraltar merece.

 

Desde aquí, lanzo una última reflexión. ¿Y si el futuro de los gobiernos, entre ellos el de España, pasara por dejar que mandaran estos profesionales del buen hacer, que han obtenido su plaza por una ardua oposición, en vez de seguir dando cobijo a políticos que han demostrado poco nivel cultural, intelectual, de diálogo y carecen de empatía alguna con los problemas de la sociedad? El tiempo, ese sabio juez que pone a cada uno en su sitio, dictaminará en el futuro si estamos en lo cierto o no.

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