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Limbo (2018) es una serie hispanoargentina de terror que puede verse a través de Playz, plataforma de Radio Televisión Española.
La historia cuenta con 8 capítulos cortos (entre 7 y 10 minutos cada uno), y es narrada desde el punto de vista de diferentes pantallas: la del ordenador y el telefono de Lidia (Ingrid García Jonsson) y el de Wally (Demián Salomón). En ellas se pueden ver las conversaciones que mantienen a través de Facebook, las videollamadas por Skype, los vídeos que monta mientras Wally o cómo adjunta archivos para enviar a su interlocutora.
La trama es sencilla y solo cuenta con tres personajes: Lidia, una mujer que ha comprado una casa en la sierra de Madrid; Wally, un argentino minusválido antiguo propietario de la casa y que ahora vive en Argentina; y Rodrigo (Eloy Azorín), exnovio de Lidia.
Lidia y Wally mantienen contacto vía chat en un tono cada vez más personal, rozando el romance. Hasta ahí todo normal. Pero pronto se empiezan a observar sucesos más extraños que el clásico “chico conoce a chica”.
Más allá de la trama, el mérito en Limbo está en la forma de narrar, aprovechando las posibilidades que da el formato digital para recrear ese mismo entorno (casi con toda probabilidad, el ordenador o el móvil) en el que se está viendo la serie. Si los protagonistas creen ver u oír un fantasma en su ordenador, el espectador también. Así, con habilidad y una buena ejecución, logra hacer más partícipe a quien está mirando, que termina tentado de dar al pause o ampliar la pantalla para tratar de desentrañar lo que está ocurriendo.
Limbo saca provecho de los recursos tecnológicos que habilitan la comunicación en la actualidad, y los utiliza para meter al espectador en una ambientación sobrenatural.
Los fake-glitch y la mala conexión a Internet en la casa de la montaña añade inquietud a una historia en la que empiezan a colarse misteriosas amenazas en forma de sonidos, sombras e incluso intrusos en la casa.
   Para analizar esta historia no hay que fijarse en los patrones típicos pues no sigue los cánones típicos. No es una serie al huso.
Si hablamos de series entendemos grabaciones de varios capítulos con un total de minutos muy superior a los de una película, y con opción de contar con varias temporadas (suplicar, triplicar… el volumen temporal).
Una miniserie sigue siendo más larga que una película pero su organización interna es diferente (Band of Brothers tiene 10 capítulos de 60 minutos cada uno, Sherlock tiene 3 capítulos por temporada de 90′ y 13 capítulos en total…).
Mientras que esto tiene 8 capítulos de 7 minutos cada uno. En total, apenas una hora. Poco para ser considerado película y mucho para llamarse cortometraje (aunque está bastante cerca de estos en cuanto a planteamiento-nudo-desenlace).

Más allá de la trama, el mérito está en la forma de narrar. Si los protagonistas creen ver u oír un fantasma en su ordenador, el espectador también. Así, con habilidad y una buena ejecución, logra hacer más partícipe a quien está mirando, que termina tentado de dar al pause o ampliar la pantalla para tratar de desentrañar lo que está ocurriendo.

Lo que parece una comedia romántica, evoluciona hacia el suspenso. Después, se pasa al misterio y, finalmente, la historia termina con un toque de terror. Como todo buen final, la historia se resignifica: nada es lo que se vio y todo lo que se vio es, en realidad, parte de otra cosa.

El recurso de los glitches, lejos de cansar se potencia, va creciendo y se vuelve cada vez más enigmático, como una pieza fundamental más que un adorno o disimulo

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