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El museo Guggenheim de Bilbao acoge hasta el día 2 de septiembre una exposición sobre el pintor francés de origen bielorruso Marc Chagall que ilustra mediante 80 obras el período clave de su formación artística. Marc Chagall. Los años decisivos, 1911-1919 pretende dar cuenta del momento en que Chagall deja su tierra natal para instalarse en el París de las vanguardias, donde su particular mundo simbólico se formará al calor de las dos corrientes que más le interesaron: el fauvismo, de donde tomó sus vivos y característicos colores, y el cubismo, del que proviene su gusto por cierta geometrización de los objetos. Este período formativo se cierra con la vuelta a Rusia en 1914, un regreso que pretendía ser temporal pero que se vio truncado sucesivamente por el estallido de la Primera Guerra Mundial y por la Revolución de Octubre, que terminaron con un Chagall instalado como comisario de artes en Bielorrusia y casado con el gran amor de su juventud, Bella Rosenfeld.

Unánimemente considerado como uno de los mejores pintores del siglo XX y colorista insuperable (Picasso dijo alguna vez: “Cuando Matisse muera, Chagall quedará como el único pintor que comprende lo que es realmente el color”), seguramente el rasgo más llamativo de su obra radique en el personal universo simbólico que manifiesta: un espacio recurrentemente habitado por violinistas, cabras, acróbatas, gallos, relojes y novias. Todos estos símbolos, elementos propios de su aldea natal (en Vitebsk, Bielorrusia) que aparecen siempre flotando sobre un fondo onírico e irreal, transmutados y confundidos entre sí, remiten en gran medida a la experiencia preconsciente de un niño muy pequeño y adquieren toda su profundidad simbólica solamente cuando se contraponen con la masa gris y casi geométrica del paisaje urbano parisino. No en vano se atribuye al poeta Guillaume Apollinaire, uno de sus grandes amigos en este primer período parisino, la acuñación del término “surrealista” cuando buscaba un apelativo para una de las obras de Chagall.

Esta tematización de la aldea natal y de los recuerdos infantiles en contraposición al mundo urbano de su madurez obtiene una de sus realizaciones más acabadas en un cuadro de 1913: «París a través de la ventana». Abajo a la derecha, un hombre bifronte que es el propio Chagall mirando simultáneamente a su pasado en la aldea y a su presente en la gran ciudad se recorta sobre una ciudad cubista, en la que se nos muestra la torre Eiffel y un paracaidista, seguramente referencia a un conocido sastre que un año antes había tratado de probar un traje con forma de murciélago que, según él, le permitía volar, con trágicas consecuencias. A medio camino, en la ventana, un gato antropomorfo en posición de esfinge parece formular de nuevo la pregunta por el hombre. El autorretrato con dos caras que miran a lugares opuestos puede sintetizarse con las propias palabras que empleó Chagall en su libro de memorias: «Estoy tumbado entre dos mundos y miro por la ventana».

Más allá de las consideraciones biográficas, la condición judía es otro rasgo de peso en la actividad artística de Chagall. La contraposición entre la aldea natal de la infancia y el París que todavía en esa época ostenta el título de capital del mundo puede verse también a la luz de la tensión entre las tradiciones judías que le venían de familia y la apertura a la modernidad que exigía la vida en Mortparnasse. Es precisamente esta compleja tensión lo que, en definitiva, pretenden figurar los contrastes, las torsiones y las superposiciones que tanto abundan en la obra de Chagall y que son características definitorias de su inimitable estilo.

El acierto en la selección, la calidad del montaje y la oportunidad de asistir a una de las más exhaustivas muestras de Chagall que se han realizado en España en los últimos años hacen inexcusable la visita en este verano a la capital vizcaína y a su emblemático museo, que hace muy poco celebraba sus 20 años.

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