Modo día

El enésimo vaso de licor del que Francis dio cuenta reposaba en la mesa de cualquier tugurio, donde la luz apenas daba para iluminar la triste escena que habría de acontecer. Él estaba borracho como nunca lo había estado, a pesar de que su alcoholismo no era nada nuevo en sus vidas. Y ella estaba harta. Una discusión que había comenzado en Cuba -o en el mismo día en que se conocieron, quizás-, durante una suerte de vacaciones ponía encima de la mesa todas las cartas de cada uno, de Francis y también de Zelda, todos los anhelos, sueños rotos y traumas que conformaban aquello que ellos mismos llamaban amor. Pero esa vez la sensación fue diferente cuando Zelda dio un portazo y se marchó sola al Highlands Hospital. Corría el año 1939 y esa sería la última vez que Francis Scott Fitzgerald y su mujer, Zelda Fitzgerald, se verían.

Por todos son conocidas las novelas del escritor norteamericano F. Scott Fitzgerald, miembro de la denominada Generación Perdida junto a otros grandes nombres de la literatura del primer cuarto del siglo XX como Ernest Hemingway o William Faulkner, entre otros. A día de hoy, quizá El gran Gatsby sea considerada su prosa más popular, aunque en vida apenas le reportó beneficios y fama, algo que únicamente consiguió con A este lado del paraísoPrecisamente fue fama y una vida acomodada lo que le prometió a Zelda Sayre cuando la conoció y pidió su mano, por lo que su vida, ya desde un primer momento, siempre estuvo supeditada a la consecución del éxito, ya no como ambición, sino como una autoexigencia que a la larga le acabaría pasando graves facturas como el alcoholismo antes mencionado e, incluso, los problemas psicológicos de Zelda.

La editorial Anagrama ha reunido este año una colección de cuentos y guiones de cine bajo el título de Moriría por ti y otros cuentos perdidosque recogen los escritos del talentoso literato norteamericano en la época de entreguerras. Estos cuentos son, en muchos casos, los antecedentes y las consecuencias de sus novelas, pero, por encima de todo, son un fiel reflejo de la vida de su creador, así como de su relación con Zelda y los problemas que envolvían a la pareja. Sin ir más lejos, encontramos el guion titulado “Zapatillas de ballet”, que bebe del anhelo de Zelda por ser bailarina y, de ese modo, no tener que vivir a la sombra de Francis y su talento. Esta ambición y las discordancias que provocó en el ritmo de vida de la pareja hicieron aflorar la esquizofrenia en Zelda, que vio como la itinerancia por distinguidas fiestas -al más puro estilo de Jay Gatsby-, alrededor de toda Europa ya no la satisfacía. La oposición de Francis a que ella se dedicara en cuerpo y alma al ballet plantó la semilla que acabaría desembocando en la ruptura, pero la aniquilación de ambos fue la última parada de una viaje reluciente por fuera pero podrido en sus entrañas.

En el cuento que da título a la recopilación, “Moriría por ti”, encontramos un ambiente y unos personajes que nos recuerdan a las playas y las reuniones de Suave es la nochepero sobre todo a ese contexto parisino del que tanto gustaban Francis y Zelda. El talento de Fitzgerald era indiscutible a cualquier ojo que se parase dos segundos a contemplarlo, como el polvo en el ala de una mariposa, como lo definió el propio Hemingway. No obstante, no todo consistía en la habilidad para escribir historias, también entraba en juego la aprobación de editores que no siempre fueron capaces de apreciar las perlas en forma de historias que nos legó Francis. Algunas de esas negativas calaron hondo en el ánimo de la pareja, que veía como el tren de vida que habían imaginado se deshacía como un castillo de naipes. Fue la historia tantas veces repetida a lo largo del tiempo, la de un escritor que acaba creando por necesidad, no por placer. Como decíamos anteriormente, esos anhelos quedaron reflejados en sus novelas y en sus cuentos, donde las aspiraciones de sus protagonistas suelen quedar insatisfechas, provocando duras consecuencias que, sin embargo, nunca llegaron a tener parangón con las desgracias reales del matrimonio norteamericano.

Todos los relatos están dotados de una ironía cruel que se desprende de la propia visión que Fitzgerald tenía de su vida. Así, a lo largo de esta recopilación encontramos psiquiátricos, estrellas del deporte que se dejan llevar por los consejos de terceros, atractivos caballeros que hacen suspirar a un séquito de damas pero no a las mujeres de las que están profundamente enamorados, mujeres incautas que nadan entre dos aguas, etc. En definitiva, una amalgama de personajes que, en primera instancia, nos evocan a algunos de los caracteres que protagonizan sus novelas largas, pero que, si nos fijamos detenidamente, podremos apreciar paralelismos con su creador, Fitzgerald, y su entorno más cercano, creando de ese modo, un cuadro desde los años previos a la Gran Depresión del 29 hasta 1939, año en el que el alcoholismo le ganó la partida, cobrándose por el camino su relación con Zelda, la mujer que le inspiró y le maniató a partes iguales, de ese particular modo en el que sólo los genios saben vivir.

 

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