Modo día

 

El director Todd Phillips (el de los «Resacones» y el de «Escuela de pringaos»), que nos tenía acostumbrados al tipo de cine-jijijaja, sorprende con esta cinta dura y de excelencia.

Su impecable dirección conduce la narración de manera correcta. Tiene un guión impecable del propio Phillips junto Scott Silver; del libreto ha declarado Phillips: “Hasta ahora el Joker no tenía un verdadero historial, ninguna de las novelas gráficas en las que el personaje aparece le dota de unos orígenes. Y eso me ha resultado muy liberador porque no he tenido ninguna regla que respetar. La única condición que nos impusimos al escribir el guion fue ser tan dementes como pudiéramos”. Además, hay una sugerente fotografía crepuscular y ochentera de Lawrence Sher, que hace un acertadísimo uso de los colores; y a todo esto se une una buena banda sonora de Hildur Guðnadóttir que bien-acompaña el relato. La pregunta es de dónde viene la inspiración. Bueno, en alguna medida es traída de los cómics de Batman, particularmente “La broma asesina” de Alan Moore. Pero en mi modo de ver, más que de cómics y todo eso, el influjo masivo viene claramente de la excelsa película “Taxi Driver”, lo cual queda subrayado, entre otras, por la inclusión en el reparto del mismísimo Robert De Niro, protagonista de aquél memorable film de Martin Scorsese; pero hay otras razones para apoyar mi hipótesis que desgranaré sobre todo al final de esta crítica.

Arthur Fleck, que así se llama el protagonista principal, trabaja en un centro de clowns y se dedica a alegrar la vida de la gente, canta canciones graciosas, se cae atropelladamente, llora con estrépito, aúlla y se vuelve a caer. Acude a los hospitales a visitar y a hacer la vida más llevadera a los niños enfermos, anima los cumpleaños de los nenes pudientes y a veces, hasta se pasea blandiendo un cartel con un gran reclamo publicitario, por las calles de la urbe. Fleck vive con su madre enferma una existencia lamentable e incluso patética. Apenas se mantiene con su trabajo y su identidad conforme avanzan los fotogramas, es más la de Joker que la de Fleck. Sí, es un joker que vive a ras de suelo en una ciudad cualquiera, en este caso llamada Gotham, en la cual lo ignoran o lo agreden, a él y a tantos como él. Gotham es además una urbe sucia y violenta, con montañas de basura por sus callejones oscuros y húmedos.

No estamos ante una película ‘redonda’ y el libreto abusa de ciertos recursos. Lo que no obsta en absoluto para que estemos ante una obra compacta, bien trabada, donde no hay elementos de descarte pues cuanto ocurre en la pantalla tiene su por qué, tiene sustancia. “Joker” es una tragedia feroz, pura tiniebla, auténtica oscuridad sin pábulo al mínimo resplandor o a lenitivo alguno, lo cual produce en el espectador una angustia cerval. Un viaje a los recovecos más recónditos del psiquismo humano, allí donde sólo habitan los demonios interiores. De hecho, no es difícil sentir con el transcurrir de los minutos la entrada en un torbellino que atrapa. Y cuando la violencia estalla, impacta de forma directa en los ojos y en el corazón. Lo cual puede incluir sobresaltos, pues el film es un portentoso ejercicio de energía visual y sonora.

El protagonista payaso es un sujeto torturado, mentalmente enfermo, un protagonista aciago que se funde con su desorden mental como vía regia a cierta manera de respiro, o como venturoso escape a tanto sufrimiento. El payaso de nuestra historia es sencillamente lumpen, alguien tratado como basura por parte de la sociedad. No tiene nada que ver con el sádico y perverso Jack Nicholson como Joker maligno a la vez que divertido.

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Arthur Fleck es un hombre turbador. Sueña con triunfar y busca el afecto y la aprobación de quienes le rodean. Quiere invadir de risas su entorno y ser aceptado. Pero está limitado, es un ‘loco’ recién salido del psiquiátrico. Esto no es Batman, no es cómic. El personaje es alguien que aflora desde lo más bajo del fangal social, de la sucia ciudad de Gotham. En un episodio en el Metro, mezcla de azar e impulso, unido a su tormento mental en pura rebelión, mata a tres sujetos que viajaban en su mismo vagón, tras un altercado que acabó en pelea y pólvora. La cosa es que los mata. No existe ningún móvil relevante o preciso, acorde a tal acción asesina, por lo tanto los crímenes quedan en un limbo difícil de descifrar por parte de la policía, dado que no hay razones, no hay pruebas. Lo único que se sabe es que el autor de los disparos tiene aspecto de payaso y que los fenecidos eran unos ejecutivos bien del mundo de las finanzas. Es en este punto cuando por primera vez, Arthur Fleck, con su peluca y su maquillaje de payaso, empieza a sentirse bien como Joker. Un Joker convertido de repente en el símbolo de los parias de la ciudad, dispuesto a sembrar la rebelión contra los atropellos y la injusticia de los poderosos. Pero el Joker es también un sujeto ambitendente, anhela la justicia, pero también ansía el caos y la anarquía.

Presenciamos, así, un descenso a lo más tortuoso de la locura, a una oscuridad que socava al protagonista con enorme brutalidad, tanta que desgasta hasta su fundamento como persona. Estas circunstancias casi diabólicas, acaban por envenenar al personaje cuando éste conoce su verdadero origen y la terrible infancia que padeció de la mano de su también enferma madre. Descubre que su origen está lastrado por una niñez irremediablemente dañada por todo tipo de tropelías y abusos. Ahora Joker se dejará conducir por lo más bajo y maligno de las pulsiones humanas, y devendrá villano que vierte su furia, que pasa de ser rabia-Joker a rabia-social. Los indigentes, los rechazados, los pisoteados, los desposeídos y olvidados se levantan y las revueltas se prodigan por doquier con miles de sujetos con caretas de payaso que ofrecen una panorámica onírica de pesadilla, terrible pero cierta. Imparable, la turba está dispuesta a todo, los últimos de la sociedad dan rienda suelta a su saña y se convierten en una imparable amenaza con los tentáculos de una hidra despiadada.

El reparto es ante todo y sobre todo un descomunal Joaquin Phoenix, un actor superlativo capaz de elevar el listón de las películas en las que participa y que en esta está grande, intuitivo, con un repertorio increíble y muy emocional. Phoenix consigue una interpretación descomunal físicamente, con un descontrolado pero medido control en lo psicológico, transmitiendo una difícil mezcla de consternación, cariño, piedad y aversión, y una animosidad, una anarquía y una ferocidad capaz de asolar las bases la ética social. Zazie Beetz, encarnando a la única persona que le da algo de cariño, está sin duda desaprovechada. Y Robert De Niro, muy eficiente y creíble en su breve pero decisivo papel.

Es una película valiente, que enarbola sus banderas en pos de la justicia con decisión, sin mínima prevención o recelo. Esta es una de las razones por las que impresiona. Porque nuestro Joker es consecuencia de un pasado fatídico, un ser inocente que continúa arrastrando en su adultez su ‘falta básica’, su desafecto esencial que lo hace muy frágil, razón por la cual sus adláteres lo someten a todo tipo de vejaciones, dando continuidad a su ruinosa vida pretérita. Por eso esta es una película humana y humanista, que no pone el acento en la izquierda o la derecha política, sino que es un grito que clama por los débiles. Una ficción que, empero, habla de nuestra realidad social en forma de grito hacia un sistema público de ayuda que está siendo devorado por una presión neoliberal fría y cruel.

Al principio yo decía y ahora afirmo que “Joker” es el “Taxi driver” de hoy. En aquella cinta, Scorsese elige igual a un pobre joven mentalmente desequilibrado de nombre Travis Bickle, excombatiente de Vietnam, insomne y que trabaja como taxista nocturno en Nueva York. Hombre poco sociable, se pasa horas en cines porno y vive obsesionado con Betsy (Cybill Shepherd), una atractiva mujer que trabaja para una campaña política. Tras comprobar que su incipiente relación con Betsy no ha prosperado, Travis comienza una etapa delirante con una ciudad habitada en sus noches por la sordidez, el pecado o la prostitución. Entonces piensa que la degradación se ha adueñado de la urbe y opta por una deriva salvadora dirigida con saña y fuego hacia ese mundo injusto que él valora como profundamente inmoral, en unas calles donde se prodiga la trata de blancas y la prostitución, entre otras. Y él, al igual que Joker, pretende purificar esta realidad. En ambos filmes este delirio ‘salvador’ lleva a los personajes a una exagerada sed justiciera. La única manera que tanto el taxista como el payaso encuentran es la acción purificadora y vengadora a modo de método destructor y salvífico. También hay en ambos esa actitud y convencimiento ‘loco’ de lo que en Psicoanálisis llamamos “Complejo de Moisés”. Ambos creen tener en sus manos la vara que guía la sociedad por el camino de la ‘verdad’, que conduce a la Tierra Promisión, o sea, a una sociedad más limpia, solidaria y buena. Como relata el protagonista de Scorsese: “Algún día llegará una verdadera lluvia que limpiará las calles de esta escoria”.

“Joker”, reciente León de Oro en Venecia, película genial y retorcida, lo tiene todo para convertirse en una película de culto de nuestra época.

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