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Con motivo del 40 aniversario del estreno de Alien, el octavo pasajero (1979), en el próximo y ya cercano Festival de Cine Fantástico de Sitges se homenajeará la celebérrima película de Ridley Scott (y su no menos celebérrimo xenomorfo) mediante la proyección del documental Memory: the Origins of Alien del realizador Alexandre O. Philippe, ya veterano del festival.

Nadie duda de que Alien, el octavo pasajero es un clásico del cine moderno por méritos propios. Revolucionó tanto la ciencia-ficción como el terror, aunando los dos géneros y dando un giro conceptual a todo lo que se había visto hasta el momento. Era hija de su tiempo, ya que pretendía aprovechar el tirón de la moda espacial establecida por George Lucas apenas un par de años antes, pero su premisa distaba mucho del inmenso y expandido universo lucasiano; más bien buscaba la experiencia claustrofóbica, con esa Nostromo sucia, llena de recovecos y tan limitada de espacio, atravesando la inmensidad del vacío.

El documental, tal como indica su título, profundiza en el embrión del proyecto, cuando ni siquiera la palabra Alien aparecía en los esbozos ni en las previsiones. Dan O’Bannon, co-guionista de la cinta junto con Ronald Shusset (autor de aquella maravillosa intriga macabra de 1981, Muertos y enterrados, o de la aventura marciana de Schwarzenegger en Desafío Total) ideó una pesadilla de tintes lovecraftianos que se relacionaba muy estrechamente con sus obsesiones.

El documental nos presenta la figura de O’Bannon como un genio incomprendido y excéntrico, devorador de ciencia ficción bizarra, que escribía cómics ilustrados por Moebius (luego se reencontrarían en Alien) y le elaboraba a John Carpenter los efectos especiales de su ópera prima, Dark Star (1974), antes de arruinarse en el fallido proyecto de Alejandro Jodorowsky de llevar Dune de Frank Herbert a la gran pantalla. Sus creaciones se alimentaban de fuentes tan variadas y a la vez tan aparentemente poco relacionadas como los mitos egipcios, los terrores cósmicos y dioses primigenios de H.P. Lovecraft, o las distorsiones de la realidad de Francis Bacon.

Si bien Alexandre centra su trabajo en la figura de O’Bannon, también hace hueco a ese otro gran “influencer” del diseño de producción del filme: el suizo H. R. Giger. Su portafolio de horrores biomecanoides, tan espeluznante como extraordinario (invito a cualquiera a ver sus diseños y que me diga si lo dejan indiferente), fue suficiente para que Ridley Scott, siempre muy cuidadoso con el aspecto visual de sus películas, le encargara no sólo la concepción del famoso xenomorfo, sino también los entornos por los que se mueven los personajes en el filme, además de contar con Moebius para el diseño de los trajes espaciales. Lovecraft hubiera aplaudido al ver en ese ser de aspecto fálico de más de 2 metros la encarnación de sus terrores cósmicos, o al ver al facehugger atacando a John Hurt rodeado de huevos dentro de la nave alienígena, tan orgánica que en cualquier momento las paredes parecen respirar y supurar.

O’Bannon, Moebius y Giger, Lovecraft y Francis Bacon… el cóctel era explosivo y los resultados así lo demostraron: una excepcional película, incómoda, claustrofóbica, tensa y visualmente poderosa, casi gótica, con referencias tan profundas como las mitológicas y con gran influencia de la ciencia ficción de serie B: a nadie se le escapa la relación que tiene con títulos como Terror en el espacio (1965) de Mario Bava, sobre todo en el apartado visual, y con El terror del más allá (1958) de Edward L. Cahn, en lo relacionado con la criatura que entra en la nave y va eliminando a sus tripulantes.

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La idea inicial de O’Bannon, el gérmen de la historia, tuvo como título Memory, para pasar a renombrarse Starbeast, antes del definitivo Alien. En el mismo proceso, O’Bannon iba desgranando la historia hasta llegar al momento más temido de cualquier escritor: el estancamiento. ¿Cómo continuar? ¿Cómo hacer que esa “bestia espacial” entrara en la Nostromo? La respuesta supuso no sólo la cumbre del éxito para O’Bannon sino también una de las escenas más icónicas e influyentes de la historia del cine.

Alexandre ha querido culminar el documental al estilo de su trabajo en 78/52 (2017): con un análisis detallado del momento en el que el alien hace su aparición atravesando el pecho de John Hurt. Su importancia no es tanto por lo que representa esa escena dentro del imaginario colectivo, sino por la cima del trabajo de O’Bannon: mientras los personajes aullaban de terror, el guionista veía por fin materializado su largamente buscado sueño. Todas sus obsesiones se concentraban en ese parásito diminuto, sanguinolento, que miraba a ambos lados tomando conciencia de su vulnerabilidad, y que escapaba raudo para poder crecer y desarrollarse a pasos agigantados, convirtiéndose en una pesadilla difícil de olvidar tanto para los tripulantes de la Nostromo como para el espectador.

Si hay algo que pueda criticarse del documental es la ausencia de Ridley Scott y de Sigourney Weaver, dos pesos pesados que apenas son nombrados. A pesar de ello, cualquiera que sea seguidor de la franquicia disfrutará del homenaje que Alexandre le hace tanto a la película en sí como al ya desaparecido Dan O’Bannon, verdadero artífice de los terrores nocturnos de más de uno a finales de los 70.

Memory se estrenó en el pasado festival de Sundance y llegará a las pantallas del festival de Sitges los próximos días 5 y 6 de octubre.

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