Quizá como película Black Panther no sea una obra de arte, incluso puede que no esté a la altura de otras películas del universo cinematográfico Marvel en lo que a diversión se refiere, pero después de verla hace poco nos hemos dado cuenta de que es una película que trata bastante bien lo que podríamos llamar “el mito nacional”. No sabemos si en la productora se dieron cuenta, pero lo cierto es que se podría tomar como manual para la construcción de la identidad de un país o nación.

¿Por qué decimos esto? Pensemos en los  pilares en los que se basa el mito de una nación: el derecho divino a su existencia, el peso de la tradición, el mito del buen gobierno, el de la superioridad respecto a otras naciones o países y el de la defensa frente a la agresión de otros.

Respecto a la intervención divina en la fundación del país vemos al principio de la cinta, en una vistosa narración al modo de un cuento de hadas “marvelizado” cómo el primer Pantera Negra tiene la visión de la diosa Bast, que le otorga el privilegio del poder de un héroe y, por tanto, la responsabilidad de unir a a las tribus en guerra  que darían forma a Wakanda. En cierta manera este reconocimiento divino nos recuerda al de Portugal pues según la leyenda y tras el milagro de la batalla de Ourique, en la que unos pocos soldados cristianos vencieron a numerosas tropas musulmanas, el mismísimo Dios habría reconocido a Portugal como nación y a Alfonso Enríquez como su rey.

Pero, aunque ayuda, la intervención divina no es suficiente para crear una identidad nacional. Hace falta la figura del buen gobernante, del mítico rey o reina que dará gloria al país y bienestar a sus súbditos dando pie a una era dorada. El ungido por Bast se convierte en el primer Black Panther. Es un guerrero y, además un chamán; un sabio y además un líder, cuya descendencia hará más fuerte y feliz a su gente. Aunque los resultados son bien distintos que los dados en Wakanda, esta glorificación del líder y su descendencia se nos antoja muy parecida a la de Corea del Norte: el gobernador, adalid  y protector del progreso del país, reencarnado en su descendencia por los siglos de los siglos.

Un país, una nación, no está formada sólo por un gobernador o por sus habitantes. También es lo que es debido a la tradición, que hay que guardar con sumo celo. Esto queda perfectamente mostrado en el ritual en el que el pretendiente al trono es sometido al escrutinio de los líderes de las tribus que forman el país con la posibilidad de ser retado a duelo por otro aspirante: vestimentas tradicionales, armas antiguas, cantos ancestrales… toda la historia de Wakanda resumida en un rito que hasta Shuri, la modernísima y ultratecnificada hermana de T’Challa debe respetar.  Todo país y toda nación tiene sus ritos basados en la tradición y en su supuesta historia: desde las coronaciones de los monarcas europeos hasta el Hanami japonés, desde el día de muertos a la Oktoberfest.

La  tradición no es incompatible con otro mito en el que se suele sustentar la identidad nacional, el de la superioridad frente a otras naciones o países en algún aspecto. En el caso que estamos viendo Wakanda posee un yacimiento casi infinito de vibranium, el metal más duro – y por lo que sabemos más versátil- del mundo. La aplicación de este metal a casi todos los ámbitos de la vida ha provocado una escalada tecnológica sin comparación en el país. Si Wakanda quisiera podría ganar cualquier guerra con cualquier país.

Sin embargo este mito se ve minimizado con el del eterno enemigo. Muchas naciones y países tienen o se crean un antagonista tanto; nada más hay que ver esa eterna rivalidad cultural entre ingleses y alemanes o entre españoles y franceses. En la Wakanda cinematográfica se va un paso más allá y prácticamente todo el mundo representa un atraso tanto moral como tecnológico con respecto al país africano, por lo que decide aislarse. Es una nación feliz, altamente tecnificada y orgullosa, pero aislada que prefiere ser una “nación de pastores” ante el mundo; no vaya a ser que cualquier otro país se haga con la tecnología wakandiana para oscuros fines. Personalmente este aspecto nos parece fascinante porque parece un extraño reflejo en negativo de lo que  ocurre en esa Corea del Norte retratada por Guy Delisle que ya tratamos en otra ocasión.

Es curioso como este último mito, el de la superioridad nacional, en la película se convierte en algo positivo cuando T’Challa decide que Wakanda debe compartir sus adelantos tecnológicos para hacer de este un mundo mejor. Claro está, se da a entender que todo se hará bajo la supervisión de la autoridad wakandiana. En los nuevos tiempos de la globalización y de las buenas obras, ¿qué mejor manera de demostrar la superioridad del país que compartiendo? Salvando las distancias… ¿no recuerda en cierta manera a la apertura de China? En efecto un país que pasó mucho tiempo encerrado en sí mismo ahora se ha abierto al mundo y se ha convertido en un referente económico.

De hecho es muy curioso que el único elemento de inestabilidad sea el malo, Erik Killmonger. Del primo del rey T’Challa y antiguo soldado se cita varias veces que está acostumbrado a “desestabilizar gobiernos”. Incluso el mismo Killmonger, al proclamarse rey, dice saber cómo funcionan el resto de países y cómo aprovechar la tecnología wakandiana para iniciar un conflicto global. Este villano que, por cierto, pierde cierto interés una vez sabemos de su trauma (ver lo que ya escribimos en su momento) pese a ser de la familia real es algo todavía más perjudicial según el mito de una nación: aquel que traiciona a su patria y quiere usar la superioridad de la nación para otros fines más cuestionables.

Por último estos mitos al ser asimilados por la población –y más cuando estamos hablando de un país feliz, tecnificado y rico- provocan una lealtad fuera de toda duda. En el caso de Wakanda no hablamos de una lealtad impuesta sino casi de devoción. Los wakandianos se identifican con su cultura, con sus país, con sus leyendas, se saben súbditos de un rey bueno y justo y habitantes de un país próspero.  Esto queda muy bien plasmado en ese momento en el que el “rebelde” W’kabi pregunta a la guerrera Okoye si, pese a ser pareja, ella estaría dispuesta a matarle. Ella responde sin titubeos: “For Wakanda? Without question”.

No hay nada más grande, ni mayor privilegio que servir a Wakanda. Desde luego su mito está muy bien construido. Volvemos a la pregunta del principio: ¿eran conscientes los de la Marvel que han ido un paso más allá de la construcción de un país ficticio?

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